El 16 de octubre de 1999 se estrenó en España la serie de televisión de Pokémon. Aquella primera temporada, llamada aquí «¡Hazte con todos!» se retransmitió en primicia en Fox Kids, canal de pago, y a pesar de su repercusión, aún quedaba por llegar su máxima difusión. Fue la tarde de un lunes, el 20 de diciembre a las 18:15, a través un canal en abierto para toda España, Telecinco, cuando finalmente toda una generación quedaría marcada.

En la noticia de El País de aquel mismo día, la parte final recordaba que «en diciembre de 1997, hasta 700 espectadores japoneses, en su mayoría niños entre 5 y 12 años, fueron atendidos en hospitales por síntomas que iban desde náuseas hasta ataques epilépticos». Esto era debido a cierto capítulo, el trigésimo octavo episodio de aquella primera temporada, emitido dos años antes en Japón. Retirado tras su primera y única emisión en el país asiático, ciertamente aquel episodio supuso un mal trago para las familias y para la joven franquicia. Los padres y madres del momento tenían una preocupación añadida a la de que su descendencia se dejara los ojos pegados a la pantalla.

A pesar de que el problema pareció no pasar a mayores, y de que este suceso sirvió para generar una nueva serie de medidas preventivas de cara a la exposición del espectador a imágenes fotosensibles, Pokémon quedaría marcado por este trágico momento. Y es que, aun con la promesa de que estaba todo solucionado en el momento de su llegada a nuestras tierras, la preocupación era lógica, no tanto por el desconocimiento, sino porque la serie parecía, por momentos, debido a los múltiples ataques eléctricos que se mostraban en pantalla, una rave del impactrueno. De lo que no eran conscientes los tutores de los niños aquel día era de que la condena real era quedar enganchado a Pokémon de por vida.

Como dice el indudablemente maravilloso texto de José Luis Sanz para hobbyconsolas, «hoy, hablar de Pokémon es tan común como nombrar al mismísimo Chiquito de la Calzada: todo el mundo sabe de lo que estás hablando. Pero en 1999 no. Nadie sabía lo que era un Pikachu y mucho menos la madre que lo evolucionó». Sin embargo, como también comenta el autor de dicho artículo, en Japón eran conscientes de su éxito en su país nativo, y estaban decididos a exportarlo. Hasta el punto de triplicar sus expectativas de ventas iniciales en España y cumplir sobradamente. Y en esto, el anime tuvo un papel crucial.

Pokémon Edición Roja y Edición Azul fueron lanzados en España en octubre de aquel último año de los noventa, y supusieron el verdadero efecto 2000 que todos esperábamos, pero de una forma que no lo vimos venir. Ahora no somos conscientes, pero la forma en que se ha integrado Pokémon en nuestra sociedad es similar a si un nuevo cristianismo hubiera surgido de entre las pantallas de nuestras consolas y televisores. El pasado Mayo de este 2022 los medios se hacían eco de que Pokémon figuraba como la franquicia de medios más valiosa del mundo, o lo que es lo mismo, la que más beneficios genera. Seguida por Hello Kitty, Winnie the Pooh y Mickey Mouse, deberíamos hacernos una idea de que no se trata de un videojuego exitoso, eso es sólo una pequeña parte de lo que ha ocurrido.

A menudo hablamos de cultura como algo que mira desde el palco a los plebeyos que tratan de pasar su día a día sin pararse a descifrar el complicado maná de la sabiduría. Nada más lejos de la realidad; nada más alejado de lo que realmente configura nuestra sociedad. Cultura es Hello Kitty, Star Wars, o Harry Potter. Y Pokémon lidera el movimiento cultural que está impregnando a las generaciones que van cobrando uso de razón desde aquel final de milenio. Con sus 100.000 millones de dólares de beneficio, y su segundo año fiscal consecutivo de cifras récord en este pasado 2021-2022, sumados a los 147 millones de jugadores activos de Pokémon Go en 2018, The Pokémon Company tiene entre manos algo mucho más grande que un videojuego o un anime. Y los protagonistas son las criaturas en sí, y lo que la gente siente por ellas.

De la misma forma en que Jesucristo es algo más global que el cristianismo, Los pokémon son algo mucho más importante que cualquier producto de entretenimiento que lleve el nombre Pokémon en su título. Podría especular con que en el caso de Jesucristo, esa figura estética instalada en nuestra mente, se trata de una simplificación del viaje del héroe que permite una comprensión y empatía inmediata. En el caso de Pokémon, la figura del niño y su relación con el mundo animal, que se mueve entre lo salvaje y lo doméstico, es parte de nuestra naturaleza. Tenemos el caso paralelo de Digimon, que a pesar de partir de una base similar trasciende a otro plano completamente diferente debido a dos motivos: las criaturas digitales hacen uso del lenguaje humano, y en consecuencia se humanizan sobremanera; y el motivo de su aparición es salvar al mundo. Digimon y Pokémon, a pesar de ser siempre comparados como iguales, lo cierto es que pertenecen a dos esferas de ficción completamente alejadas. Pokémon no es más, pero tampoco menos, que un ensalzamiento de nuestra relación de amistad con el resto de animales del mundo.

A lo largo de más de veinte años de evolución transmedia, es complicado trazar un mapa de los distintos puntos transitorios que han marcado un antes y un después en la influencia mediática de la saga sobre el público. La cuestión es que si hemos posicionado el foco sobre el estreno del anime en España, junto con su polémica, no es para decir que por arte de magia todo salió bien y el sueño de su creador, Satoshi Tajiri, ha debido hacerse más que realidad. Si pensamos así en algún momento, es que hemos olvidado el inicio de un anime que casaría a la perfección con lo que ha terminado por engrandecer a Pokémon como franquicia.

Es fácil empatizar con la forma en que se nos presenta a Ash Ketchum porque es torpe, se queda dormido, y no es el tipo guay. A los tipos guays, la gente que lo hace todo bien y siempre son los primeros, parece no hacerles falta eso de la empatía. Pero a nosotros sí. Somos Ash, nos guste o no. Y ni siquiera es capaz de tratar con Pikachu, lo cual es una desgracia mayor. Pikachu es gracioso y lindo hasta para ignorar a su entrenador. Ash, a sus diez años, está aprendiendo acerca de todo, es tan ignorante como el espectador. Y sin embargo, el chico rebosa entusiasmo y ganas. Resulta que Ash tampoco parece un niño de diez años, porque todos a esa edad nos vemos a nosotros mismos como personas muy mayores ya. La presentación de Pokémon es una serie de contradicciones y ejemplos universales válidos para cualquier niño de los noventa que pudiera pasarse las tardes viendo la tele, y los fines de semana dejándose el tempo libre en la videoconsola. Una ventana hacia una fantasía sencilla: dejar las aburridas ordinarieces de nuestra vida diaria y salir a jugar con los animales. Unos animales, además, fascinantes.

Entonces llega el momento de la verdad, y es que Ash y Pikachu comienzan su relación con el momento emotivo que definiría a una generación. Cuando, debido a la torpeza de Ash, Pikachu termina herido por los Spearow, y Ash decide interponerse al ataque de los pokémon voladores, el sentimiento gana a la razón. Quizás no seamos los mejores en lo que hacemos, quizás dudemos de nosotros mismos, pero todo encaja si estamos dispuestos a sacrificarnos por quien nos importa. Ash y Pikachu pueden ser incompetentes socialmente, pero se tienen el uno al otro. Encontrar la compañía fiel y leal de alguien en la extrañeza de este mundo. Esa es la única base necesaria para hacer que el niño o la niña del momento quedara para siempre marcado por Pokémon. Y así, pasan los años y nuevas generaciones se encuentran con nuevas temporadas de la misma serie; o nuevos videojuegos muy diferentes a los de la primera generación; o comienzan conociendo a compañeros pokémon muy diferentes a Pikachu. Lo único que Pokémon necesita para permanecer dentro del imaginario cultural que construye la conciencia de un niño y le acompaña para el resto de su vida, es un sentido de la amistad y el compañerismo que es capaz de unir a un chico torpe pero soñador con un pequeño animal rebelde. Porque, en algún momento, todos hemos sido como ellos.


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