Pulsa aquí para leer la segunda parte: Krampus II.

15 de octubre

Mabbie conocía a su hija. La había conocido por primera vez en un lugar al que rezaba por no volver nunca, y al ver aquellos ojillos marrón chocolate, había sabido que tendría tanto de su padre como de ella misma en aquel cuerpecillo pequeño y frágil como el de un pájaro. No se había equivocado, y estuvo a punto de sufrir una crisis nerviosa el año en que, al ir a arroparla de madrugada, descubrió que la niña no estaba en su cama. Lo primero que se le pasó por la cabeza fue que su padre se la había llevado. Lo segundo, que ella misma se había descolgado por la ventana de la antigua casa de madera y había salido a la fría noche de Laponia. Al borde del desmayo consiguió avisar a su asistente, que dio la voz de alarma. Todos los elfos del complejo se pusieron a buscarla, agitando sus cascabeles mágicos, sin encontrar nada. La nieve había dado la callada por respuesta, y Marcela no estaba en ninguna parte. Mabbie, temblando como una hoja, había empezado a dibujar el pentáculo en el suelo cuando la anciana le puso la mano en el hombro y la abrazó con fuerza.

–Se la ha llevado… –consiguió mascullar la elfa, resistiendo un ataque de ansiedad a fuerza de redaños.

–No ha sido él. Ha sido el Krampus. La ha reclutado para el alzamiento. Cuidará de ella. Mañana todo habrá pasado.

De aquello hacía mucho tiempo ya, pero Mabbie todavía se despertaba en mitad de la noche, oliendo la ceniza de un pentáculo que nunca llegó a completar, con el anciano corazón acelerado por la angustia. Marcela estaba bien. Era una mujer adulta, sana, estable, tranquila. Había cogido el relevo de su madre y lo hacía muy bien. Y sin embargo, a veces tenía un brillo demoníaco en la mirada.

Mabbie podía verlo en aquel momento. Marcela sellaba certificados de niños buenos con celeridad, con fuerza, con furia. La mano derecha volaba, el sello viajaba a velocidad de crucero de la tinta a los documentos que, por triplicado, calificaban a todos aquellos niños como Niños Buenos. Y lo peor era que, cuando paraba, se hacía el silencio en la sala. Durante un par de minutos, Marcela revisaba cuidadosamente los registros, los informes de conducta, los boletines de notas. Y si el expediente no superaba el examen minucioso al que era sometido, abandonaba la pila general, en silencio y con suavidad. La pila a la que iban a parar esos expedientes apartados era pequeña. Estaba muy curada. Marcela hacía su trabajo de forma metódica y exhaustiva. Y la pila de los Niños Malos crecía, lenta… pero segura.

Mabbie sospechaba que la información que Marcela recogía iba a parar a alguna parte. Porque Marcela reciclaba el plástico, el cartón, el vidrio, la materia orgánica y cuanto se le pusiera por delante. Una cantidad de información como aquella no iba a ser la excepción.

Mabbie estaba en lo cierto. La libreta en la que Marcela apuntaba cuidadosamente los nombres, direcciones y puntos fuertes de los Niños Malos se alimentaba de los informes de su trabajo. Era, había que admitirlo, una semielfa muy eficiente. Era, ciertamente, una semidiablesa que ya podía oler el bizcocho de calabaza, y todo el mundo sabe que después de Halloween es casi casi Navidad. Era, al fin y al cabo, compañera de la Krampus, buscadora de niños.

22 de octubre

Hay una paz preciosa en ver a cámara rápida cómo florece un campo de amapolas. Y la imagen no difería demasiado de cómo florecían las marcas rojas en el calendario de Toni. Cada día tachado en rojo era un día en el que había estudiado como un cosaco, y el calendario de pared estaba lleno de ellos. Sin excepción, desde el año pasado había estudiado, leído, revisado y repasado cada día. Hacía sesenta años que no se abrían las oposiciones a paje, no iba a perder la oportunidad. Jaime se asomó al despacho que se había montado, y no pudo mirar nada más que la papelera. No era capaz de adivinar cuántas latas de bebidas energéticas había, y ni siquiera reconocía todas las marcas.

–Un día de estos vas a reventar –dijo al aire. No esperaba que Toni le escuchara ni que le respondiera.

–Espero reventar la noche del seis de enero del año que viene, si puede ser. Así al menos contaría como accidente laboral –Toni se frotó los ojos y se giró. Tenía cara de haber dormido poco en los últimos meses. Y de no haber descansado mucho en todos los anteriores, a decir verdad.

–¿Has acabado el resumen?

La sonrisa de Toni era sincera, y por eso parecía la sonrisa de un demente. Agitó un manojo de papeles grapados.

–Lo tengo. Todo el temario estudiado, resumido, subrayado. En versión de bolsillo.

–Genial. Ahora sólo te quedan las pruebas físicas. Y seguir estudiando hasta el examen.

–Puedo cargar con sacos de tres veces mi peso sin problema. Estoy hecho un roble –el opositor dejó las hojas sobre la mesa y al sentir las manos vacías, cogió una lata sin abrir que tenía cerca.

–Esta tarde tengo que ir a casa de mi hermana. Si te apetece, vente.

–No pienso cuidar de tus sobrinos –Toni manoseaba la lata sin darse cuenta, jugueteando con ella–. No me he casado contigo para que evitar que me los puedan encasquetar, te lo recuerdo.

–No te pongas borde, porque se portan super bien.

Jaime cogió la papelera, de la que salía un olor dulzón y acaramelado casi nauseabundo. Con mala cara, se la llevó a la cocina. No la iba ni a intentar vaciar, se iban al contenedor la papelera y todo su contenido. Cuando pisó el pedal para abrir la basura, se desató el caos fuera de la cocina.

Escuchó el delator “pss chack” de una lata de refresco al abrirse. Y escuchó también el característico ruido del líquido con gas cuando sale y desborda la lata que lo contenía al encontrar una salida. Por supuesto, escuchó un gemido ahogado y el grito de “NO NO NO” de Toni. Y el sonido del líquido derramado sobre papel. Sonó otro “NO” y luego, finalmente, se hizo el silencio.

Jaime se asomó a toda velocidad, y se encontró a su novio intentando secar con la camiseta el resumen de las oposiciones. La estampa era alarmante y ridícula porque la tinta se corría y Toni no se había quitado la camiseta, se estaba estampando las hojas en el pecho, como si intentara consolarlas de forma muy torpe.

–Para, igual las podemos desgrapar y colgarlas en el tendedero de la ropa –le sugirió.

–Socorro, socorro, socorro –empezó a graznar Toni, histérico.

Tras el incidente, Jaime decidió arrastrarle a casa de su hermana, por supuesto. Era obvio que necesitaba distraerse. Los dos niños de su hermana eran la distracción ideal, y era obvio que, además de la vocación de paje, Toni tenía un don natural para jugar con los críos.

Toni, por su parte, hacía cuentas mentalmente. Había estado estudiando todo el año para sacar tiempo de debajo de las piedras y poder buscar a los Niños Malos que Marcela le había asignado. Quedaba aún tiempo, por supuesto, y los exámenes aún estaban lejos. Además, claramente aquella pareja de demonios que estaban intentando arrancarle los brazos iban a pasar a engrosar las filas del Krampus.

5 de noviembre

Marc se limpió la boca con el dorso de la mano. Eso significó que se desparramó la sangre por el resto de la cara. Lamiéndose un dedo, recogió la cartera de su víctima del suelo. Era la tercera detención que se le iba de las manos esa semana. Tenía poca paciencia con los vampiros neonazis.

–¿Estás bien? –le preguntó a Jennifer.

Jennifer negó con la cabeza, apoyada en la pared. Estaba verde.

–Los panellets de tu madre me van a matar un día de estos.

En cuanto se calló, abrió la boca de nuevo, y de aquellos pequeños labios pintados en color cereza salió un eructo que estuvo a punto de dejar rubio al vampiro.

–Lo siento –se disculpó su compañera.

Él le quitó importancia con un gesto, colgándose el cadáver del hombro. Enfilaron por la calle de la Condesa de Sobradiel, sólo acompañados por los ojos curiosos de alguna paloma. La noche devoraba todo lo que no estuviera a salvo.

Jennifer vio una luz a lo lejos. Una luz que colgaba a cierta altura, una luz alargada y que parpadeaba con alegría. Y se dio cuenta de que no era la primera vez que las veía. Había visto alguna que otra luz titilante últimamente, pero no se había fijado en ellas de verdad. Ahora que el mundo le daba vueltas por la sobredosis de azúcar que le había insuflado su suegra, el peso real de lo que significaban aquellas luces le cayó encima.

–Mierda. ¿Eso son luces de navidad?

Marc asintió, sin darle importancia.

–Cada vez las ponen antes.

–¿A qué día estamos?

–Cinco de noviembre.

–¡Joder!

Marc sólo pudo ver a Jennifer salir corriendo por el barrio gótico, dejándole atrás en una calle sin nombre que olía a pis y a vampiro muerto.

Las siguientes semanas fueron intensas. Jennifer presentó una carta muy elaborada a su superior en los Harker, el grupo de cazavampiros con sede en la ciudad condal, para tener una exención de misiones hasta principios de diciembre. El Director de los Harker se rio en su cara hasta que Jennifer, más seria de lo que nunca la había visto su jefe, cerró la puerta del despacho y le explicó, muy despacio, que si no quería tener que hablar en persona con la nueva Krampus, iba a tener que aceptar la dichosa carta. S había oído hablar de la nueva Krampus. Era joven y la temían en todas las asambleas. No le apetecía mucho conocerla en circunstancias poco propicias, y no tenía por costumbre enfrentarse a gente con cuernos y experiencia militar. Para eso tenía una cartera de agentes muy bien pagados.

La cazavampiros no estaba localizable en ninguno de sus lugares habituales. Ni en Pont Aeri, ni en el barrio de Marina, ni en el templo de Augusto. Sus informadores la buscaron para intercambiar información por un poco de sangre, y se encontraron con que su novio parecía un armario y no era de trato tan fácil como la pelirroja. Uno de esos informadores decidió, mientras recogía sus propios dientes del suelo, que no volvería a tratar con él, ni a intentar beber sangre si no era con una pajita.

A nadie se le habría ocurrido buscar a Jennifer en el gimnasio, porque era un lugar al que no iba nunca. Pagaba religiosamente las cuotas, intentando comprar una parcelita en el cielo de la gente que trabaja su físico, pero no se había asomado más que la mañana en la que decidió apuntarse, aún un poco borracha. Sin embargo, allí pasó el mes de noviembre, haciendo un esfuerzo acelerado, ciertamente rápido y furioso, para ponerse al día. El chico de recepción, que el primer día que la vio aparecer tuvo un jaleo con ella porque pensaba que intentaba colarse, tuvo que hablar con ella quince días diferentes, para pedirle que por favor dejase de machacarse… O que al menos pasara por la ducha.

Finalmente, llegó el día en el que Jennifer pudo cumplir su objetivo. Hacía rato que había dejado de contar las flexiones que hacía, porque sus nuevos amigos del gimnasio llevaban la cuenta por ella, en corrillo. Marc era el que más gritaba, alentando a su novia cada vez que conseguía una flexión más. Tras la setenta y tres las cosas se habían puesto complicadas, pero Jennifer no decaía (sólo bajaba el torso), y ahora, en la noventa y nueve, sentía que iba a desmayarse, pero no le importaba. Sólo quedaba una.

–¡Vamos, dale dale dale! – las palmadas de Joshua se escuchaban por toda la sala.

–¡Lo tienes, Jenny, lo tienes! – Ramón, que había evitado que se lesionase tres veces ese mes, estaba que daba botes de alegría.

–¡CIEN! –aulló Marc, y la audiencia rompió a gritar.

La entrenadora de fitness y el de yoga se echaron a reír, aplaudiendo. Todo el mundo celebraba las cien flexiones de Jennifer como si fuese un hito colectivo. Ella se ponía azul.

–¡Enhorabuena, nena! –Marc le dio un beso en la coronilla, y la otra rebufó.

–¿Te importaría bajarte de mi espalda? Ahora que he acabado creo que voy a desmayarme.

Medianoche del 4 al 5 de diciembre

El fuego crepitaba en la chimenea. No lo hacía de forma especialmente alegre ni hipnótica, de hecho, ni siquiera parecía bailar, como lo había hecho tantas otras veces. Pero no importaba. La tormenta de nieve arreciaba, el viento aullaba y Almudena no iba a salir de la cabaña ni aunque alguien pudiera pagarle por ello.

El reloj de la habitación dio las doce. Era un reloj de cuco, o lo habría sido si no hubiera tenido un pequeño diablillo en lugar del pájaro de madera habitual. El diablillo salió de la casita y gritó.

–¡Son las doce!

Almudena sonrió. La sonrisa del Krampus debía ser aterradora, iba con el título. No importaba, la sonrisa de Almudena ya daba miedo cuando era humana y tenía cinco años. El diablillo salió otras diez veces a gritar que eran las doce. La última vez cambió el discurso.

–Feliz caza y dulces augurios –le deseó a su ama.

Almudena asintió.

–Que sean empalagosos como la sangre de los unicornios de peluche.

El diablillo asintió solemnemente y corrió a esconderse en su casita. También él, antiguo mariscal de legiones infernales, le tenía miedo a Almudena. Al fin y al cabo, todos temen al Krampus.


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