Gandalf by C.S. Fritz

Hace poco de una de esas polémicas en las que todo el mundo se vio impelido a opinar. Todo empezó con un tuit que decía algo así como gracias a Dios que Brandon Sanderson se enfadó con el sinsentido que era Harry Potter y su sistema de magia porque de esa ira nació su obra, caracterizada ésta por un sistema de magia reglado y complejo. No sé si Brandon Sanderson realmente estaba tan enfadado con Harry Potter, pero estoy seguro de que nadie escribe más de veinte libros y una cosmogonía completa simplemente porque un día se enrabietó. En cualquier caso, el tema (los sistemas de magia y su implementación en la fantasía, así como la supuesta superioridad de unos sobre otros) me parece más que interesante. Menos mal que me enfadé tanto con Twitter que decidí escribir este texto.

Dentro de la enorme heterogeneidad temática que se manifiesta en el género fantástico (quizá sea más preciso hablar aquí de género maravilloso), existen diferentes acercamientos a la magia. Existen sistemas de magia completamente organizados y detallados, mientras que otros acercamientos prefieren prescindir de toda regla posible para centrarse en los efectos dramáticos o tonales de la magia. Se han establecido dos tipos de sistemas de magia con toda una gradación intermedia: los sistemas de magia “dura” y los de magia “blanda” (sin entrar a discutir la validez o no de esos términos, nos pueden servir en este texto). Las diferencias entre ambos radica en el grado de ordenación y explicación de las reglas de la magia y en los límites que se establecen. Así, un sistema de magia “blanda” podría ser el de Tolkien, donde la magia no tiene reglas aparentes y permite una fascinación más primaria; por otro lado, un sistema de magia “dura” podría ser el propuesto por Brandon Sanderson en el Cosmere, donde las reglas de la magia están perfectamente explicadas y responden a una visión más pseudocientífica, cercana a la ciencia ficción. El acercamiento “blando” permite al lector/espectador sentirse identificado de una manera más directa con los personajes (todo puede pasar), mientras que el acercamiento “duro” permite al lector/espectador tener las mismas herramientas que los personajes para resolver los conflictos, ya que ambos conocen con precisión cuáles son los engranajes de la magia, funcionando en ocasiones como si fuese un thriller. Lo cierto es que el sistema de magia, en gran medida, determina el tono de una obra de fantasía; o, antes al contrario: el tono de una obra determina en muchas ocasiones cómo se representa la magia. En este texto me gustaría reflexionar sobre qué acercamientos ha habido en las obras de fantasía más conocidas y cómo cada sistema de magia nace y dialoga con el tono de su obra.

Ilustración de Natalie Smillie: https://www.arenaillustration.com/artists/natalie-smillie/harry-potter/

Es un sinsentido, a priori, que la magia tenga reglas. La magia precisamente surge de romper las reglas físicas que conocemos y es por ello que nos fascina. La magia supone abrir una brecha en la cotidaneidad. Los hechizos, las criaturas mitológicas cobrando vida o los cielos de colores imposibles nos fascinan porque revelan realidades exóticas a nuestro entendimiento y verdades distintas a las que conocemos, muchas veces universales y transversales. Otras veces, la fantasía nos gusta porque representa una vida que preferimos o unas aventuras que querríamos vivir; nos evade y nos transporta a un lugar distinto al conocido, pese a que no entendamos cómo funciona. 

Harry Potter es buen ejemplo de magia carente de verdaderas reglas. En la obra de esa-persona-de-la-que-usted-me-habla hay escaleras infinitas que se mueven a conveniencia; cuadros con vida propia; conjuros que se manifiestan con unas palabras y un movimiento de varita; y artefactos con poderes que funcionan a conveniencia. Sabemos que un Expelliarmus sirve para desarmar y un Alohomora para abrir cerraduras, que cada artefacto (la varita, la Nimbus 2000 o el giratiempos) sirve para unas habilidades concretas y que hay magos mejores y magos peores, pero el sistema de magia no se revela y no tiene espacio, no se le da especial importancia y todo la magia parece surgir estrictamente porque sí, se va improvisando y está subordinada a la aventura de los protagonistas. Parece que el sistema de Harry Potter va a tener reglas pero acaba por quedarse en un terreno intermedio de arenas movedizas. ¿Cuál es la fuente de la magia? ¿Qué ha de hacer un mago para mejorar? ¿Qué limites tiene la magia? La magia es un todo que rodea a la trama, pero no es importante saber cómo funciona. Es llamativo que sea así al tratarse de una escuela de magia, donde precisamente deberían enseñarse los preceptos para su funcionamiento. Tampoco tiene límites apreciables, razón por la que cabe todo a conveniencia de una historia mayor. Es llamativo, también, que no haya una evolución significativa de los protagonistas como magos. La magia en Harry Potter es tan ligera como caótica. Harry Potter representa esa sensación de fascinación féerica, de antiguo cuento mitológico en el que lo inexplicable sucede y precisamente por ello nos fascina. Es un mundo que deseas vivir, no un mundo que desees estudiar.

Contrariamente a la perspectiva de Harry Potter, otras muchas obras literarias apuestan por dotar a la magia de un carácter pseudocientífico y reglado. Es decir, en lugar de que la magia simplemente sea, que sea por algo, en razón de algo. Fundamentarla en una suerte de lógica interna. Fascinar al lector no sólo con los efectos de la magia sino con su funcionamiento. Nos fascinan los efectos de la alomancia de Nacidos de la bruma, pero nos fascinan también los engranajes internos de la misma, conocer cuáles son sus límites y cómo sobrepasarlos, observar cómo los personajes evolucionan conforme avanzan en sus conocimientos alománticos. En Nacidos de la Bruma la magia son más bien leyes físicas que no pueden ser transgredidas, sino usadas a conveniencia. La alomancia se basa en una serie metales, cada uno de los cuáles puede ser quemado por los alománticos para producir efectos determinados: aumentar las capacidades físicas, empujar metales o tirar de ellos, ver el pasado propio, influir en las emociones de los otros, detectar si alguien está también haciendo uso de la alomancia… Los metales tienen una clara función, pero su funcionamiento ha de ser aún así domeñado. Los protagonistas, además, dedican mucho tiempo a saber qué efecto provoca el quemar determinados metales, qué aleaciones pueden funcionar, y cómo utilizar los elementos para aumentar sus posibilidades contra los demás. El sistema es complejísimo: los metales se dividen en internos y externos, funcionan por parejas (el metal y una aleación), las reservas de metal y su gestión se vuelven fundamentales para generar ventajas tácticas… Nada es casualidad, sino que las reglas de la magia son subyacentes a la trama y no pueden desligarse de los acontecimientos. Evidentemente el sistema es inventado, y siempre se puede añadir un nuevo elemento o reajustar otros para encauzar la trama hacia un lugar determinado, pero es evidente que los límites son mucho más rígidos. La magia de los brujos en las novelas de Sapkowski (The Witcher), aunque más sencilla y con un acercamiento más folklórico, se basa en ideas parecidas: pociones fabricadas con determinados ingredientes potencian según qué habilidades necesarias para hacer frente a monstruos determinados.

«En El Señor de los Anillos y sus obras aledañas la magia es poesía; la poesía interna de los arroyos, las montañas y el brezo; una energía que nace del mundo y es aprehendida por aquellos especialmente despiertos».

Un camino alternativo tanto a la ligereza de Harry Potter como a la complejidad milimétrica de Sanderson fue el que tomó Tolkien, que se caracterizó por proponer una magia sin reglas pero de carácter mucho más profundo e insondable. En El Señor de los Anillos y sus obras aledañas la magia es poesía; la poesía interna de los arroyos, las montañas y el brezo; una energía que nace del mundo y es aprehendida por aquellos especialmente despiertos. La magia es lo que hace evolucionar a Gandalf hasta llegar a ser el Mago Blanco, y lo que hace involucionar a Sauron hasta ser el Señor Oscuro; pero también la magia es lo que crea la belleza de los bosques y la inmensidad de los océanos. La magia es el tejido con el que se fabrica el mundo. En Tolkien no existen verdaderas normas para la magia, ni siquiera se nombran los hechizos o se presentan muchos artefactos con efectos concretos. La magia simplemente es una representación de la naturaleza y su energía, de los humanos y sus potencialidades y evoluciones. De manera similar ocurre con Terramar, de Ursula K. Le Guin, donde la magia es constituyente primero y último del mundo. En su primera novela de este universo, Un Mago de Terramar, un joven mago ha de hacer frente a las sombras que él mismo generó con su magia; en ultima instancia, ha de enfrentarse a sus propias sombras. La magia sirve como vehículo para el crecimiento personal y la evolución interna, en una suerte de bajada a los infiernos para retornar más maduro y poderoso.

Un caso muy particular es el de Canción de Hielo y Fuego, la obra de George R.R. Martin que ha dado Juego de Tronos y La Casa del Dragón. El acercamiento de Martin a la magia es peculiar porque no es omnipresente, sino que aparece puntualmente. Existen dragones y gigantes, incluso hay hechizos y conjuros, pero gran parte del interés dramático de la historia es independiente de todo ello. Es una concepción más cruda y directa, donde la magia es fascinante precisamente por ser escasa y haber quedado relegada a libros viejos de rincones ocultos de las ciudades, a más allá del Muro o al lejano Este. Y tampoco hay reglas para la magia en Juego de Tronos. En una obra pulcra por los detalles dinásticos y políticos, la magia contrasta por ser un rara avisinaprehensible. No sabemos ni siquiera qué dioses son los verdaderos, ni por qué las magias funcionan o dejan de funcionar, ni qué profecias son ciertas ni por qué. La magia en Canción de Hielo y Fuego es fantasía dentro su propio universo, donde los dragones murieron hace cientos de años y los Otros son cuentos de viejas.

De la riqueza y variedad de estos acercamientos a la magia sólo podemos concluir que es muy limitante el querer poner uno u otro por encima. En cierta medida, cada uno de estos acercamientos a la magia es perfecto para la obra que hay detrás. Son indisolubles. La magia que aparece en Harry Potter tiene muchas desventajas (dificulta ver una evolución clara en los aprendices de mago y cuesta en ocasiones tomársela en serio), pero tiene otras muchas ventajas: el primero y fundamental, que es consecuente con el tono que pretende crear. Un tono de evasión, de que absolutamente todo es posible, de niños-magos. Por otro lado, Nacidos de la Bruma no se entiende sin su complejo sistema alomántico, ya que buena parte de los conflictos personales y políticos derivan de él: la evolución interna de los personajes suele ir paralela a su entrenamiento alomántico, los propios alománticos se convierten en armas de guerra que proporcionan ventajas estratégicas, los metales son riquezas que comienzan y terminan guerras…

Fondo y forma son indisolubles cuando se tiene consciencia, como artista, de la naturaleza de tu obra. De igual manera, la forma en la que se organiza y manifiesta la magia es inseparable del tono de la historia a la que alimenta. Por ello, habrá un gradiente de sistemas tan amplio como objetivos se planteen las obras. Merece muy poco la pena enfadarse con los acercamientos más ligeros, poéticos o erráticos en la fantasía; al fin y al cabo, estos tienen la capacidad de llegar a sitios donde otras obras de mayor complejidad no pueden llegar. De igual manera, los sistemas de magia complejos, detallados y verosímiles generan unos soportes sólidos sobre los que construir una trama y son fascinantes por sí mismos. Pretender establecer el baremo del valor de una obra de fantasía en la complejidad de su sistema de magia es una visión muy estrecha de lo que puede ser la fantasía, precisamente el género donde todo es posible.


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