AVISO DE SPOILERS: Este texto incluye spoilers de Clair Obscur: Expedition 33.
Recuerdo vívidamente, como seguro haré por el resto de mis días, cómo mi abuelo murió delante de mí. Uno no elige si recuerda u olvida, sólo continúa el camino con lo que conserva. Él llevaba un año sufriendo, sin apenas movilidad, y con dolores constantes que espero no poder imaginar nunca. Durante ese año apenas dormí, incluso mi cerebro aprendió involuntariamente a despertarse con el más mínimo sonido, a pesar de que yo siempre había sido de sueño profundo. En cualquier caso, yo no era el protagonista de aquella historia.
Durante los últimos meses mi abuelo repetía casi a diario que le dejáramos morir. “Que se acabe ya”, suplicaba con la mirada clavada en mí. A menudo pedía perdón sin motivo ninguno, como si se disculpara por seguir vivo. Sus quejidos eran inconsolables, y durante años he soñado que aún siguen ahí, en la noche, llamándome como si pudiera hacer algo para aliviar el dolor. Aunque su deseo era morir en casa, en su cama, finalmente falleció en el hospital. Era por la mañana, y yo me preparaba para otro largo día a su lado. Era cuestión de tiempo, pero en esos momentos es imposible saber cuánto.
Sin previo aviso, uno de sus mejores amigos, al cual por circunstancias de la vida llevaba años sin ver, entró en la habitación. A pesar de que mi abuelo prácticamente no tenía energía ni conciencia alguna ya, sé muy bien que reconoció a su amigo. Le dedicó algún balbuceo indescifrable y una de sus miradas apagadas. No tuvimos tiempo de mucho más, pues al momento mi abuelo empezó a respirar como si le faltara el aire. Aunque llamé a los enfermeros, antes de que llegaran él tomó un último suspiro brusco y quedó inmóvil. Sí, un poco como en las películas, pero más desagradable.
Si estáis aquí he de suponer que habéis jugado a Clair Obscur: Expedition 33. De ser así, sabréis que Verso, al igual que mi abuelo en aquel entonces, sólo quería morir de una vez por todas.
Verso Dessendre, a sus veintiséis años de edad —al igual que el nivel veintiséis con el que se une al equipo—, es una sombra de sí mismo encerrada en su propia obra de arte. Es la edad con la que murió, y al mismo tiempo con la que ha quedado inmortalizado. Solemos ser recordados por la forma en que dejamos este mundo, nuestra etapa final suele ser aquella que se convertirá en una estampa para quienes sigan aquí. Podemos hacer memoria para traer de vuelta momentos concretos de la vida que ya terminó, pero la imagen que queda como una sombra alargándose tras la muerte, haciendo eco de la persona misma, suele ser la forma final que conocimos de ella. En nuestro adiós, somos un lienzo terminado de dibujar, una obra que nos representa y que perdura únicamente si hay quien la lleve consigo más allá del camino que nosotros pudimos recorrer.
Así es como Alicia mantiene con vida a su hermano, Verso, pero aquí entramos en una coyuntura lingüística. ¿Es vida acaso lo que existe dentro del lienzo? Desde nuestras lentes, vemos la corporeidad y expresividad de figuras que representan seres humanos vivos, pero… ¿es real? ¿A qué llamamos realidad, y a qué nos atrevemos a llamar irreal?

Franz Kafka fue un escritor prácticamente desconocido en vida, a pesar de llegar a publicar La metamorfosis, y multitud de relatos, podríamos decir que no existía para la mayoría de lectores. Poco después de su muerte, gracias a que su amigo Max Brod ignoró su deseo de quemar las obras en las que estaba trabajando, alcanzó rápidamente la fama. Sus grandes obras, sobre todo El castillo y El proceso, hicieron que Kafka pasara a ser conocido mundialmente. Nadie podía conocerle a él ya, pero su escritura alargó su existencia, como un remanente del alma, de algo que va más allá de la presencia corpórea. El estilo kafkiano nació cuando su padre estaba bajo tierra ya, y ha producido nuevas formas de entender la realidad que nos rodea, o que cada uno percibimos. En cierto modo, hay quien diría que Kafka está más vivo ahora que cuando respiraba, pero no creo que el autor estuviera de acuerdo.
Entonces, aunque nosotros percibamos la vida de los habitantes de Lumière, ¿significa eso que están vivos? ¿Es vida lo que biológicamente estudiamos, o lo que despierta esa noción en nuestros sentidos? Solemos caer en la mentira del arte para responder a los grandes misterios de la vida, y es que como decía Pablo Picasso1, «todos sabemos que el arte no es la verdad, es una mentira que nos hace ver la verdad». En este caso el arte como vida está disfrazado en un personaje que ni siquiera es tratado como protagonista por necesidades de guion. Gustave es el eje central de la obra si atendemos al chiaroscuro que se nos presenta, que es un juego de luces y sombras, de perspectivas que tienen que unirse para crear una amalgama de emociones que vayan más allá de la justificación lógica.
Maelle, la propia personificación de Alicia, deja que su subconsciente hable en el prólogo cuando dice: «si vas a darle flores a alguien, deberías hacerlo antes de que se marchiten y mueran». Funciona como broma macabra, porque se está refiriendo a las flores, pero como Gustave apunta, podría estar refiriéndose a la persona que las recibe, especialmente si está a punto de morir. En cualquier caso, una vez que algo se ha marchitado y ha muerto, ya no pertenece a esta realidad. Sin embargo, bien sabemos que no por ello desaparecen todos los trazos que haya dejado. Mientras que Alicia se aferra al momento previo a la muerte, Gustave, como el arte, mira más allá. Un arte que nada tiene que ver con la pintura, literatura o música. Es la capacidad de que nuestros actos tengan un efecto sísmico a través de la cadena de acciones que conforman todas las realidades o irrealidades que existan, dejando la cárcel del individuo atrás.

Luchar «por los que vendrán después» es dedicar tu existencia a una estratosfera de la consciencia superior al yo. Gustave trasciende la perspectiva de Alicia, de Verso y del resto de la familia. Todos ellos luchan para salvaguardar lo que consideran o quieren considerar real, la vida a la que quieren aferrarse y quieren desarrollar. Ninguna de las dos elecciones finales es tan real como la que toma Gustave, que es la de morir luchando por algo que se libera de nuestra limitada existencia. Qué nos puede llegar a dar incluso nuestra vida por una causa mayor, que ni siquiera nos repercutirá porque ya no estaremos aquí, es uno de los misterios que se asemejan al de por qué creamos arte, pero sin la posibilidad de que el ego entre en juego. Se ha logrado explicar la lucha por lo ajeno desde perspectivas que buscan el beneficio, aunque sea de forma indirecta, pero no hay explicación racional para el sacrificio altruista, es algo que va irremediablemente ligado a la capacidad de sentir, la empatía como lazo último con la realidad.
Uno de los integrantes del batallón Abraham Lincoln2, que luchó en la guerra civil Española en el bando de los republicanos, escribiría tiempo después que:
«A quienes consideran que debo justificar mi acto de unirme a la guerra, les recuerdo las manos machadas de sangre de Hitler, no hace falta más justificación. Los bebés muertos en las calles de Madrid dicen más de lo que pueden expresar las palabras».
El momento en que Gustave se sacrifica es trágico, así lo sentimos, pero está cumpliendo con su cometido vital. Cada realidad distingue la vida y la muerte de una forma, pero tenemos dos tipos esenciales para poder discernir y diferenciar. Por un lado, las que pertenecen al plano terrenal, donde cada uno de nosotros percibe físicamente y dentro de unos parámetros científicamente objetivos lo que está vivo o muerto. Por otro lado, vivir y morir son una sensación que trasciende, como el acto de Gustave, la realidad terrenal. Para estar «muerto en vida» basta con dejar de sentir, por ejemplo mediante una monotonía que deje nuestros sentidos apagados, viendo cómo el paso de los días transcurre sin que nada nos conmueva o nos altere lo más mínimo. Hay quien practica deportes de riesgo para «sentirse vivo», pero no hace falta llegar a ese extremo, todo el mundo lee, escucha música, juega a videojuegos o interacciona con el mundo exterior, y lo hacemos instintivamente para sentir algo. Sin eso, estaríamos muertos.
Si Gustave no pudiera morir, como le ocurre a Verso, su lucha pasaría a ser irreal, como quien persigue un fantasma. Y de la misma forma, solamente cuando Verso tiene la posibilidad de alcanzar la muerte es cuando sus acciones cobran sentido. Sentir y morir van íntimamente ligados porque la percepción de una acrecienta la de la otra, y sin ambas cosas la vida deja de ejercer el acto de vivir, deja de ser real. Cuando Verso suplica morir, al igual que mi abuelo, lo hace porque su lucha ya ha terminado, y lo que queda a partir de ahí ya no es vida, ni siquiera es su realidad, sino una impuesta por circunstancias que no puede controlar, y le arrastran como la marea a un cuerpo inerte.
El duelo tras la muerte no tiene fin, es un comienzo de una nueva parte de ti. La realidad de la familia Dessendre está marcada por el duelo y es, como diría Emil Cioran, filósofo rumano que pasó la mayor parte de su vida en Francia, «apariencia solidificada». Para llegar a ser tan real como lo es la lucha de Gustave, tendrían que abrirse emocionalmente en canal y dejar que sus actos vayan más allá de lograr objetivos relativos al yo. ¿Vivir en el mundo terrenal, o en uno creado por nosotros mismos? ¿Dejar lo marchitado atrás, o darle color eternamente a cualquier precio? Ambos finales son una fuente de ese juego de luces y sombras que sólo la mentira del arte, como decía Picasso, puede producir para ocultar la verdad. La historia de Clair Obscur: Expedition 33 deja incógnitas que ninguna parte del guion puede ni debe responder, porque Gustave, con su lucha por lo que va más allá de su realidad, ya las ha dejado atrás y está haciéndose la misma pregunta que se hacía Emil Cioran3:
«¿Dónde buscar lo real? En ninguna parte fuera de la gama de las emociones. Lo que no sube hasta ellas es como si no existiera. Un universo neutro es algo más ausente que uno ficticio».

1Pablo Picasso. 1923. The Arts, Nueva York.
2Nelson, C. and Hendricks, J. (eds.). 2013. Madrid 1937: Letters of the Abraham Lincoln Brigade from the Spanish Civil War. London: Routledge.
3Emil. M. Cioran. 1998. Breviario de los vencidos. Barcelona: Tusquets Editores, S.A.
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