Introducción.

De niño recuerdo ir a la biblioteca de mi colegio y hojear volúmenes de animales. Solía coger uno de dinosaurios con ilustraciones a todo color y descripciones sencillas de los más impresionantes de su grupo. Pero también recuerdo que acabó llegando a esa misma biblioteca un ejemplar de un libro de magia y criaturas mitológicas. Hablaba de pócimas, ungüentos, hechizos y dragones con una falsa veracidad que despertaba mi imaginación hasta límites insospechados. A mí, como niño, me fascinaban esas criaturas tanto como los dinosaurios o los tigres de Bengala. Podía discernir entre los animales verdaderos y los inventados, pero me dejaba llevar con facilidad por la imaginación; al fin y al cabo, probablemente estaba tan cerca de ver un dragón como de ver un tigre.

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Este sentimiento de fascinación y la mezcolanza entre animales mitológicos y reales se puede encontrar en los primeros libros de Historia Natural y en los Bestiarios. Aristóteles fue uno de los primeros en interesarse por los animales desde un punto de vista científico o, al menos, incipientemente científico. Escribió Historia Animalium en el siglo IV a.C, en el que exploraba las características de distintos animales y el porqué de las mismos; o posteriormente De Partibus Animalium, donde hablaba, con más o menos acierto, acerca de la anatomía y la fisiología de los animales. Siglos más tarde, Plinio el Viejo, procurador romano, escribió Naturalis Historia en el siglo I con la pretensión de reflejar todo el conocimiento hasta entonces existente del medio natural. Estas obras, junto a otras, son fundamentales para la incipiente literatura filosófico-científica del medievo, que tenía a los autores clásicos en alta estima y los referenciaba de manera casi dogmática.

Los bestiarios medievales eran publicaciones posteriores de carácter más específico que reflejaban una serie de animales con elaboradas ilustraciones, descripciones y exploraciones etimológicas de los nombres de los animales. Sobre este tipo de obras, además de las ya mencionadas, influyeron en gran medida dos libros: Physiologus y Etymologiae. El primero es un tratado de autor desconocido escrito en Alejandría en el siglo II, donde se recopilan unos cincuenta animales y rocas, fundamentalmente del norte de África, y se intenta explicar sus formas, acciones y costumbres desde el punto de vista de la fe cristiana. El segundo fue escrito en el siglo VII por Isidoro de Sevilla, y es una enciclopedia donde se pretende explicar la naturaleza de los animales atendiendo a la etimología de sus nombres.

Obviamente, estos tratados tratan la ciencia de un modo tangencial, incluso podríamos decir que no la tratan si atendemos a su método. En Physiologus encontramos una interpretación moralizante y cristiana de los animales donde, por ejemplo, el elefante es representado como una alegoría de la castidad. En Etymologiae, la exploración de la naturaleza de los animales se hace únicamente atendiendo a su nombre, que es un planteamiento que da lugar a conclusiones poco científicas.

Estos, y otros bestiarios animales inspirados en ellos, eran volúmenes que no tenían miedo de mezclar animales mitológicos con animales reales. El fénix aparecía junto al león, y el rinoceronte se confundía con el unicornio. A ello hay que sumarle que los ilustradores (en su mayoría monjes) no habían visto al animal nunca y debían representarlos usando descripciones vagas y en muchos casos desatinadas.

Sin embargo, la exploración de estos bestiarios es muy gozosa. Forman parte de una línea de pensamiento relativamente avanzada en su época, son piezas culturales de una época denominada “oscura” muy a la ligera y nos despiertan la fascinación más infantil y atávica, en su sentido meyorativo. Bestiario es una sección en la que exploraré criaturas que aparecen en estos códices, así como en el folklore de diferentes regiones, con el fin de rescatar las leyendas que giraban a su alrededor y tratar de explorar su naturaleza científico-histórica. La primera entrega tratará de la salamandra, un animal que ha despertado mitos a lo largo de siglos.

La Salamandra.

Mordedura de sacavera nun espera misa entera”

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Salamandra en el fuego (Kongelige Bibliotek, Gl. kgl. S. 3466 8º, Folio 35v)

La salamandra es un anfibio relativamente común, más o menos conocido por la sociedad actual, que no despierta especial interés. No obstante, la salamandra ha sido fruto de diversos mitos, algunos totalmente alejados de su naturaleza científica y otros con cierto poso de verdad.

La salamandra es representada en las ilustraciones como una especie de lagarto, serpiente o reptil draconiano, la mayoría de las veces moviéndose en el fuego. En otros casos, las salamandras se dibujan cercanas a árboles o entrando en pozos, por las razones que ahora veremos. En ocasiones, se dibuja con tamaños superiores al de un humano.

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Salamandra entra en un pozo (Bibliothèque Nationale de France, lat. 3630, Folio 95r)
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Bodleian Library, MS. Bodley 602, Folio 27v

De entre todos los rasgos clásicos atribuidos a la salamandra, destaca uno: es un animal frío invulnerable al fuego, tanto que si fuese arrojada a las llamas estas se extinguirían sin que la salamandra hubiese sufrido daño alguno. Las primeras referencias a este hecho podrían provenir de la mitología griega: Prometeo devolvió a la humanidad el fuego de los dioses que Zeus le había arrebatado, pero para que esto ocurriese fueron las salamandras, hadas más viejas incluso que los propios dioses, las que lo tomaron de las profundidades y lo llevaron a la superficie.

Posteriormente, Aristóteles relacionaría las salamandras con el fuego y recogería la idea Plinio el Viejo, que describía a la salamandra de la siguiente forma: “La salamandra tiene forma de lagarto, pero está cubierta de manchas. Una salamandra es tan fría que apaga el fuego cuando lo toca”. Posteriormente, en el siglo V, San Agustín usaría esta característica para construir una alegoría cristiana: “Si la salamandra vive en el fuego, como afirman los naturalistas, es un ejemplo lo suficientemente convincente de que todo lo que arde no es consumido, como ocurre con las almas en el infierno”. De esta forma, para San Agustín la salamandra representa la resistencia de las almas al fuego del infierno, donde son incapaces de consumirse y quedan retenidas para siempre. A partir de esta interpretación se consideró a la salamandra como la representación de los justos, que pueden salir ilesos del horno del infierno. De hecho, en la heráldica medieval podemos encontrar la salamandra dentro del fuego en el blasón de la villa de Gennes, personificando la constancia y el coraje ante la adversidad.

Incluso en pleno Renacimiento, Leonardo Da Vinci afirmaba que la salamandra carecía de sistema digestivo y que su único alimento era el fuego.

De este mito ha quedado el nombre vulgar de la salamandra común (Salamandra salamandra) en inglés: Fire salamander. Lo cierto es que no hay nada de cierto en el mito; es más, la salamandra, como anfibio que es, requiere de un medio constantemente húmedo para sobrevivir y reproducirse. De hecho, el propio Plinio decía que las salamandras “aparecen cuando llueve y desaparecen con el buen tiempo”, lo que parece una observación más razonable.

Blasón medieval de la villa de Gennes, en el valle del Loira (Francia)

 

El otro gran mito que gira en torno a la salamandra es del su potentísimo veneno.  Plinio el Viejo decía que “es letal beber agua o vino cuando una salamandra muere en ellos”, de lo que posteriormente surgieron leyendas en torno a pozos contaminados por una salamandra que acabaron matando a cientos o miles de personas. A esto Isidoro de Sevilla añadía que, si la salamandra se posaba en un árbol, lo envenenaba a él y a sus frutos y todo el que los comiese moriría.

Este último mito, el del veneno, le imprime un cariz negativo a la salamandra y es quizá el que ha llegado de manera más decidida hasta nuestros días. En mi propia familia, rural toda ella, se cuenta la historia de que una salamandra cayó en el café de un vecino del pueblo y éste, poco después de beber de él, murió. En el norte de España (donde la salamandra común es más abundante), también se las llama sacaveras y en torno a ellas hay miedos, mitos e incluso frases hechas relacionadas con su capacidad tóxica, incluso por mordedura: “Mordedura de sacavera nun espera misa entera”, “Si te muere una sacavera, nun y-da tiimpu al cura a encender una vela”, “Si te pica la sacavera, prepara la pala y la batedera”, etc.

A raíz de esta connotación negativa, en la actualidad designar a una persona como una salamandra equivale a decir de ella que es malvada, ruin y rastrera.

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Salamandra en el fuego y junto a un árbol (Kongelige Bibliotek, Gl. kgl. S. 1633 4º, Folio 55v)

Respecto al veneno de las salamandras, podemos afirmar que, aunque lo tienen, no es peligroso para los humanos. Como la mayoría de los anfibios, las salamandras tienen unas glándulas granulares en la piel a través de las cuáles segregan una sustancia tóxica de sabor desagradable. Con ella consiguen defenderse de los depredadores, que tras un primer intento sueltan al animal al notar el sabor de esta sustancia. En el caso de los humanos, si tras manipular una salamandra nos llevamos las manos a las mucosas o u otras partes sensibles como los ojos, podría dar lugar a irritación, pero en ningún caso son peligrosas más allá de eso. Por tanto, aunque el mito del veneno tiene un poso de verdad, la leyenda se encargó de sobredimensionar sus capacidades mortales.

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Foto de Javier Virués Ortega

Desde la época medieval, donde la salamandra era un símbolo de valentía y amor, la leyenda ha mutado y en siglos más recientes lo que persiste en la sabiduría popular es que es un bicho venenoso, peligroso y malvado.  Es uno de los animales más interesantes de los bestiarios, entre otras cosas, por lo inesperado de encontrarlo.


SOBRE EL AUTOR

FICHA JORGEGMACIA


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