En torno a 2006 se produjo el estallido de la burbuja hipotecaria sobre la que se venía sustentando el sistema capitalista y que dio lugar unos años más tarde a una crisis económica mundial. El sistema financiero de Estados Unidos fue uno de los primeros afectados y poco después la enfermedad económica se contagió al resto del mundo, en especial a los países más industrializados. La que conocemos hoy como Crisis del 2008 es un síntoma del sistema capitalista y un mal despertar del sueño americano que llevaba décadas obnubilando a los Estados Unidos y, a través de su expansión cultural, al conjunto de Occidente. La consecución del sueño americano supone la materialización de tu vida: ese deseo por ser alguien superior (no un looser) y llegar a ello a través del ejercicio de lo que llaman libertad implica viviendas y buenos seguros, títulos universitarios cada vez más altos y trabajos bien posicionados. De alguna manera, el sueño americano, y el sueño de toda la sociedad occidental, quizá mundial, se sustenta en acumular capital y prestigio social a través de este. El ser humano, en tanto que individuo, comienza a perder su yo para convertirse en sus posesiones: si eres catedrático, tienes dos casas o tu seguro médico es fantástico, serás mejor que si tienes la educación básica y vives en un suburbio del Bronx sin el amparo del sistema sanitario privado.

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La construcción de la individualidad a través de lo material implica que, sin estas cuestiones tangibles, el ser humano en su mismidad queda totalmente desamparado. Es aquí donde engarza Night in the Woods. La obra de Infinite Fall nos habla del regreso de Mae Borowski tras un fracaso: deja a mitad su carrera universitaria para regresar a Possum Springs. Allí le recibirá su pueblo natal, sus amigos de siempre, su familia tal y como la recordaba. No obstante, se intuye un cambio relativamente abrupto en Possum Springs: las cosas ya no permanecen como Mae Borowski las recordaba; las tiendas cierran, la ciudad se desindustrializa, la gente muta y las casas se vacían. Possum Springs recibe el golpe de la crisis del capitalismo y ello se traslada a la vida de las gentes que viven en ella. Lo económico, de manera inevitable, afecta a la individualidad. Los amigos de Mae son ya adultos que trabajan de manera precaria en comercios de baja afluencia, su familia apenas coincide porque sus padres tienen horarios distintos y muchos vecinos deambulan por las calles de Possum Springs sin un hilo que seguir más allá del de su propio silbido.

Hay dos cuestiones fundamentales en el guion de Night in the Woods que hacen que sus ideas permeen al jugador con gran atino: por una parte, su escritura más explícita, los diálogos; por otra, la estructura que articula el argumento: un ciclo diario continuo.

Los diálogos son una consecución de hablas informales, onomatopeyas, frases inacabadas y de textura imperfecta. A través de los diálogos se manifiestan los personajes, y el videojuego consigue recrear las conversaciones no en un sentido teatral como acostumbra a hacer el videojuego sino en un acercamiento más cercano a una película de Scorsese: los personajes se equivocan, se repiten, se traban, dejan silencios donde no tocaría, tienen muletillas características. Possum Springs se manifiesta a través de sus gentes, y sus gentes se manifiestan a través de sus diálogos, de sus hablas.

Respecto a la estructura narrativa diaria, cada episodio comienza al despertar y termina al acostarnos. La realidad del juego se circunscribe a un día, con sus limitaciones horarias, de manera que se hace más palpable. Si elegimos ir con Gregg no podremos ir con Bea, y viceversa. En ocasiones, nuestro día consiste únicamente en visitar a nuestros tres o cuatro conocidos y, con suerte, salir con alguno de ellos o tocar con la banda. Por la mañana hablamos con nuestra madre y por la noche con nuestro padre. La trama se circunscribe al día en tanto que este es la unidad mínima de medida de la cotidianeidad.

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A través de estos dos elementos formales y literarios (los diálogos y la estructura narrativa), Night in the Woods construye un marco de cotidianeidad y realidad en el que nuestra protagonista ha de desenvolverse. La historia de Mae Borowski es la de muchos jóvenes tras la crisis económica: el estallido de esta durante su adolescencia obliga a reconfigurar un futuro con tintes esperanzadores en un futuro que se presenta desasosegante y precario. El paro sube, los salarios bajan, los títulos universitarios empiezan a ser inservibles en un sistema económico incapaz de asumirlos, los amigos de toda la vida se ven obligados a movilizarse. La crisis económica en Possum Springs muta en una miríada de crisis personales. El esquema lineal impuesto por la sociedad capitalista de instituto-universidad-trabajo-familia se ve truncado en el caso de Mae Borowski y otros tantos personajes, acabando también con su asidero vital. Mae es replicada por su madre en varias ocasiones por haber abandonado la universidad en medio de aquella situación y por motivos que, aparentemente, no salían del ámbito estrictamente personal. La universidad no era para ella, simplemente, pero el mero hecho de desviarse de la senda de lo correcto es motivo más que suficiente para que el sistema te señale y se enfrente a ti a través de la sociedad.

A Mae Borowski no le queda más que deambular por Possum Springs intentando pensar que no pasa nada, que puede seguir siendo adolescente toda su vida. El resto de sus amigos ha empezado a trabajar, en lugar de ir a la universidad, por lo que existe una diferencia notable entre ellos. Esos trabajos son, no obstante, manifestaciones primarias del proceso de crisis: todos son dependientes de comercios, algunas veces heredados, y en todos casos con una afluencia muy baja. Bea se queja del poco dinero que entra en su tienda, de la cantidad de labores que tiene que hacer ella sola y del poco tiempo que le queda para tratar con un padre que cayó en depresión tras la muerte de su esposa. Angus regenta un videoclub condenado al cierre. Y a Gregg lo vemos en un ultramarinos que no le importa cerrar con tal de irse a dar una vuelta a poco que se lo ofrezcas.

En este escenario de progresiva precarización y ruptura manifiesta de la ensoñación capitalista, la asimilación de unas circunstancias sobrevenidas y superiores a la individualidad se manifiesta a través del humor. Los diálogos están llenos de gags satíricos e inundados por un humor negro y una ironía que sirve como arma contra la propia realidad. Se hacen bromas sobre el fracaso, sobre la pobreza, sobre el propio Possum Springs como símbolo de la decadencia; el discurso cómico que se articula en torno a la crisis que sufre el pueblo y sus habitantes es fruto del conflicto interno que hay en cada uno de ellos por asimilar unas circunstancias desfavorables y contra las que no pueden luchar de manera individual. El humor de Night in the Woods es un remedio paliativo que nos despierta una media sonrisa amarga al sentirnos identificados en su marco.

En la dupla Gregg-Mae, a través de la construcción de ambos personajes y la relación entre ellos, encontramos la manifestación más exacerbada de este humor. Ambos personajes salen juntos para hacer cosas a priori absurdas: romper coches con un bate, inspeccionar una mansión abandonada, batirse en duelo ligero a navajazos. Cuestiones que Mae también traslada a la más comedida Bea: con ella roba en tiendas, la lía con la fuente del centro comercial y se emborracha en fiestas. En esta última situación, cuando Mae bebe más de la cuenta, se llevan al paroxismo estas sentencias amargas y profundamente reales sobre su situación: el alcohol, a la vez símbolo de escape de la sociedad y sustancia química que muta al individuo, lleva a Mae a hablar de su fracaso universitario, sus incapacidades sociales o el rechazo que le genera su aspecto físico. Todas sus inseguridades, miedos y problemas encuentran una vía de escape que es común entre los jóvenes. Las situaciones ilegales o excéntricas hacen que Mae se reencuentre consigo misma y se sienta viva en un mundo que le niega toda esperanza.

Es por ello por lo que se intuye un amor fati en personajes como Gregg, que directamente reniega de la desesperanza y convierte el humor y el bandalismo en su late motiv. El absurdo con el que impregna cada una de sus conversaciones sirve como elemento disuasorio a la desesperanza que rodea a los personajes. El hueco que deja la ausencia de cuestiones materiales a las que asirse se llena con toneladas de humor autohiriente, verdades amargas y consumación del absurdo.

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En el videojuego, como medio que tiene como elemento distintivo la interacción física jugador-obra, ha hecho manifiesto a lo largo de su Historia el empoderamiento del jugador. La mayoría de historias tienen al jugador como elemento central, normalmente a través de un héroe que tiene como objetivo resolver un conflicto local o, directamente, salvar el mundo. El videojuego suele ofrecerte las herramientas necesarias para llevar a cabo tu tarea, incluso para dominar el conflicto con el que te enfrentas. Los hack and slash te permiten, a través de los combos y las habilidades, acabar con cientos de enemigos y avanzar hasta la consecución del objetivo. En los RPG recogemos objetos y armas que nos preparan para retos de mayor dificultad absoluta. No obstante, en Night in the Woods no podemos cambiar el estado de las cosas. Nuestro radio de acción es estrecho. Vivimos en un mundo que no podemos salvar, en tanto que somos individuos aislados unos de otros. Las crisis que manifiesta el juego no pueden más que ser asimiladas o contempladas, no tomadas a conciencia por el jugador y ser cambiadas. Mae Borowski es un elemento más en un mundo que la supera en todos los sentidos. Nuestra interpretación de Mae Borowski se circunscribe al marco establecido y en ningún momento podemos salirnos de él y salvar a Possum Springs de la situación en la que se encuentra sumida: es un tablero de juego que no podemos cambiar.

Si atendemos a la historia lineal y literal de Night in the Woods, a su texto, no encontramos demasiada resonancia. Una historia de fantasmas, más o menos entretenida, y unos adolescentes que vienen y van. El verdadero poder del videojuego lo encontramos a nivel subterráneo: cómo teje una red de desesperanza y desesperanzados en torno a un pueblo (y un país) que vivió tiempos mejores, cómo el paso crítico de la adolescencia a la adultez se encuentra con una crisis económica que tiene implicaciones personales imposibles de sortear. Cuando se termina de caer el velo del sueño americano no queda más que una realidad confusa y gris. Night in the Woods es el relato de la asimilación de una crisis; la perspectiva personal de unos personajes ante una situación desfavorable que está por encima de ellos y que no pueden cambiar.


SOBRE EL AUTOR

FICHA JORGEGMACIA


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