Interpretar artísticamente la depresión es difícil porque es imposible pasar por el filtro del relato un fenómeno tan complejo y abarcar todo lo que supone. La depresión y otros trastornos mentales sólo son abordables desde perspectivas concretas, de manera que aunque no englobe todo el fenómeno sí permita la construcción de un relato que nos ayude a entenderlo; quizá sólo con la conjunción de distintos relatos desde ópticas completamente distintas seamos capaces de acercarnos a estos fenómenos en su plenitud.

Uno de los relatos más interesantes que nos acerca a los trastornos mentales desde una perspectiva subjetiva y estética, usando para ello las herramientas exclusivas del videojuego, es Hellblade: Senua’s Sacrifice. En el plano audiovisual tenemos otra propuesta bien diferente en Neon Genesis Evangelion, donde Hideaki Anno utiliza la abstracción absoluta para trasladar sus pensamientos y destruye los planteamientos clásicos del relato, empezando por su estructura narrativa. Por Trece Razones hizo una interpretación más clásica y canónica de la depresión y el suicidio, aunque eso pudiese conllevar ciertos problemas conceptuales.

Y hoy estamos aquí para hablar de otra perspectiva poco tratada: la del humor. Es complicado (y quizá peligroso) tratar desde una óptica cómica la depresión, porque la frontera entre lo comprensivo y lo hiriente se puede atravesar con mucha facilidad. Por eso encuentro mucho interés en After Life, la serie que Ricky Gervais escribe, dirige y protagoniza para Netflix.

Cualquiera que se haya acercado al humor de Ricky Gervais sabrá dónde nos situamos: un humor muy inglés, que pivota entre el absurdo y lo incisivo, entre la risa floja y la sátira oscura. Es común para Gervais abordar temas aparentemente intratables por el humor, como hizo en Life is too short, en la que relata las dificultades a las que se enfrenta un productor y actor con acondroplasia, donde tienen cabida desde el humor hilarante hasta la crítica más hiriente. Nunca trata el problema con condescendencia, ni siquiera para quienes lo tienen, sino que el humor es un vehículo para expresar la complejidad, a veces el absurdo, de lo que rodea a estos problemas sociales.

After Life narra la depresión de un personaje tras la muerte de su mujer. Un hombre que ha asumido que está acabado, que parece abrazar el suicidio como la solución para dejar de sufrir, y que se ha convertido en alguien hiriente con todo aquel que lo rodea. ¿Y dónde cabe el humor si tenemos semejante caldo de cultivo?

Como decíamos, para el personaje de Gervais el hecho de haber asumido que la vida no tiene sentido hace que sea completamente desconsiderado con los demás; se ha convertido, básicamente, en un misántropo nihilista: nada tiene sentido y todos son imbéciles. El hecho de haber tocado fondo y de haber mirado al abismo ha hecho que le sea imposible sentir aprecio por nadie. Porque qué más dará.

Y es entonces cuando el humor sale a borbotones de su boca: no hablamos de un humor hilarante que provoque la risa del espectador (salvo determinadas escenas), sino que la ironía hiriente es tomada por el propio personaje como mecanismo para comunicarse con el mundo. El protagonista se convierte en una persona incomprensiva e intratable dada su situación y, pese a que el resto del mundo parece entenderlo, él no entiende al resto del mundo. Vierte con sorna chistes sobre el buenismo de su jefe, la insignificancia de la vida de las personajes que le rodean o la grasa del cuello de su compañero de trabajo. Amenaza a niños del colegio con un martillo, prueba las drogas o golpea a unos atracadores por la calle. Todo esto porque le hace sentir vivo por unos instantes, pese a que supongan ser quien no es realmente.

Lo más interesante es ver el arco narrativo que traza el protagonista, cómo él mismo evoluciona en su depresión y articula nuevos mecanismos para comprenderla. Cómo la salida de ésta depende en gran medida de asumir que se puede salir de ella, y encontrar lugares y pensamientos a los que agarrarse con fuerza. Y se hace evidente una cuestión: hay esperanza, y motivos para salir de aquello que nos ata. Es posible, además, salir reforzado de los varapalos de la vida. After Life no es un juego para ver hasta dónde se puede ofender, sino que a medida que pasan los capítulos uno se da cuenta de que es un canto a la vida, una perspectiva humorística de la depresión para acercarnos a su comprensión, y un relato existencialista tan duro como esperanzador.

No hay condescendencia, ni siquiera compasión, en la interpretación de Gervais sobre la depresión. La entiende en su sentido profundo y ha utilizado esta óptica para explorar el fenómeno huyendo de los simplismos a los que estamos acostumbrados. Es obvia una cosa: habrá gente que se ría cuando no toque reírse. Pasaba en El Lobo de Wall Street, donde la interpretación superficial puede llevarnos a lugares muy distintos a donde realmente está el foco de la obra. Pero son riesgos que hay que correr, entiendo, para de verdad construir algo interesante al respecto. Y, con ello, After Life es uno de los relatos más acertados de la depresión, de sus repercusiones y de sus posibles salidas; de cómo la esperanza tiene cabida en las peores circunstancias.


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