2019 llega a su fin. Algo acaba, algo comienza; y todo eso. Pero nunca viene mal hacer corolario, echar la vista atrás un año, dos o los que hagan falta, para que el debate y las obras permanezcan vivas más allá de la estrechísima ventana de su lanzamiento, que cada vez es menor. Sea como fuere, aquí no sentaremos cátedra sobre lo mejor del año en términos absolutos, sino que simplemente mencionaremos lo que consideremos más destacable en términos personales del panorama cultural en este año. Para empezar, porque sólo hemos consumido, como es normal, una fracción de las obras; y porque tampoco hay que llegar al absurdo.

Además, ¡esta es nuestra entrada 200! Desde que comenzó la andadura de Espada y Pluma como un pequeño blog personal, pasando por el cambio a una web cultural con colaboraciones, hasta hoy. Qué difícil y qué satisfactorio ha sido todo. Esperamos que en 2020 sea así también, y queremos agradeceros a todos de corazón el apoyo, la difusión y los euros en Patreon, tenemos mucho que trabajar para continuar en nuestro camino, uno tortuoso, pero sin vosotros nada de esto sería ni será posible.

Ahora, veamos qué tiene que decir cada uno de nosotros sobre 2019.


La casualidad y el estar todo el día mirando numeritos en el panel de la web ha querido que nos diésemos cuenta de lo cerca que estábamos de publicar la entrada número 200 de la revista. Tal efeméride ha venido a coincidir con que estamos a final de año (¡final de década incluso dicen algunos!) y ambos hechos (final de año y alcanzar un número significativo de publicaciones) suelen ser motivo de echar la vista atrás y ver cómo hemos llegado aquí. 

Se supone que estas listas deben recoger lo que para nosotros ha sido lo mejor y/o peor del año o al menos lo que consideramos reseñable, específicamente dentro del campo de lo que se consideran obras y productos de consumo cultural, que para algo somos, como reza el subtítulo en el banner de la web, una revista cultural independiente y digital

Así, dentro de las obras publicadas este año que mencionaría en una supuesta lista personal de mis GOTYs (desde ahora COTY: Cosas of the Year) creo que en el mundo del cine estaría “Joker” de Todd Phillips —no, aún no he visto “El irlandés”—. En los videojuegos, y a falta de haber jugado a títulos como “Death Stranding” , y “Sekiro: Shadows Die Twice” haberlo probado simplemente durante un rato, me quedo con “Devil May Cry 5” (inserte aquí cualquier GIF de @SunhiLegend para convencerse). Y me veo obligado a mencionar “Watchmen” porque además de estar siguiendo una serie a su ritmo de publicación y eso no es algo que me suela pasar, está muy bien (inserte aquí su insulto a Zack Snyder). De cómics no me hagáis pensar porque leo demasiados.

Obviando ese condicionante de obras que hayan sido publicadas este año, este año (valga la redundancia) por fin me decidí a ver “Blade Runner 2049” —unas 5 ó 6 veces para escribir sobre ella— y empecé y terminé “The Witness”, una obra maestra de los videojuegos de la que no sé si algún día seré capaz de escribir algo pero que no pierdo nunca la oportunidad de recomendar como un juego que te vuela la cabeza. (Si tenéis más interés os puedo pasar una lista de todo a lo que he jugado este año, que está apuntado).

Pero los verdaderos COTY, lo que verdaderamente me apetece destacar, es la web en sí misma. El Patreon a veces sube (y nos ponemos contentos), a veces baja (y nos ponemos tristes), pero aunque cueste creemos que lo correcto es ese camino de intentar pagar cualquier colaboración de manera decente e intentar ser ejemplo para desterrar la costumbre de publicar a cambio de visibilidad, aunque eso nos obligue a rechazar muchos y muy buenos  artículos por no querer que nadie trabaje gratis para nosotros.

Es difícil y es jodido (mil gracias a la gente que nos apoya en Patreon, que compra revistas sueltas en Ko-Fi o que simplemente recomienda nuestro trabajo, nos comenta, nos da feedback y comparte lo que hacemos) pero al final lo que me quedo de este año es con toda esa gente que nos sigue. Aunque el tema económico no es ni mucho menos lo boyante que nos gustaría, crecemos en apoyo, en seguidores y en visitas a la revista, y quiero pensar que cada vez estamos en el radar de más gente y se valora más lo que hacemos. Y por supuesto tengo que mencionar a quienes escribimos para la web (de dinero en el Patreon no iremos sobrados pero las risas en el grupo de Telegram no nos las va a quitar nadie) y a aquellos con quienes hemos estrechado lazos con/en esto de escribir.

En lo personal, referentes como Presura y Manual han compartido artículos míos en sus cuentas de Twitter, algo que en ningún momento pensé que fuera posible y que ayuda a seguir tirando para adelante.

Como previa de lo que nos espera para 2020, además de seguir publicando como hasta ahora, intentando mejorar y crecer en regularidad y económicamente (ojalá llegar a poder pagar al menos un artículo externo al mes), queremos introducir algunas novedades como que la revista recopilatorio mensual pase a ser trimestral a cambio de tomar un cariz más exclusivo ¿Esto qué quiere decir? Que los artículos dentro de la revista maquetada (con un nuevo diseño además) no serán los mismos que publicamos en la web, sino un contenido extra en torno a temáticas más concretas casi a modo de monográficos en los que se enfoca esa temática desde el punto de vista que considere cada autor, y que sólo se podrán leer en la revista maquetada. Creemos que esto es una forma de darle más valor tanto al trabajo que supone maquetar la revista como al contenido por el que la gente está pagando. A estos cambios se unirán otros en el Patreon como por ejemplo que el Tier de 5 euros incluya, además de la revista trimestral, una carta personalizada para cada Patreon en lugar del editorial que se publicaba hasta la fecha que era dirigido a todos en general y no a patreons con nombre y apellidos. Y estamos dándole vueltas a algunas cosas más, como por ejemplo la frecuencia de los podcast.

Feliz Navidad, y por otros 200 artículos más.


¡Doscientas entradas! Me gustaría poder leer lo que han escrito los demás para poder poner algo parecido, pero también es cierto que ellos no han leído lo que he escrito yo y por lo tanto estamos en las mismas condiciones: necesitamos escribir algo para enmarcar la entrada número 200 de nuestra historia como revista. Realmente, no tengo nada que decir, nada que desarrollar. Simplemente quiero darle las gracias al equipo que se ha construído en torno a un nombre que defiende algo más que un contenido que le diferencie de otras revistas: defiende la dignificación del trabajo de la redacción, la personalidad de quien escribe y el respeto al trabajo, al tiempo y a la implicación de quien se esfuerza por dar otra vuelta de tuerca a esa urdimbre que late bajo nuestros pies y a la que llamamos cultura. También me gustaría dar las gracias por haberme aceptado en el equipo de redacción interno, pero sobre todo por no haberme despedido al primer chiste malo, al segundo texto o al tercer meme. Fue una profesora quien me incitó a buscar revistas con las que colaborar y creo que adaptar ese discurso a lo que significa esta revista ha sido de lo mejor que he podido hacer este año, pues no solamente me ha permitido adaptar mi escritura a un público más amplio, sino que me ha dado la oportunidad de marcar mi propio ritmo de publicación, de temática y de estructura textual. Con todo esto, —y probablemente siendo el texto más corto de los cinco— simplemente quiero darle las gracias a nuestros lectores y a nuestras lectoras que están sosteniendo, incentivando y colaborando en la creación de este precioso mosaico de impresiones culturales y radiografías sociales llamado Espada y Pluma.

En otro orden de cosas —y para qué mentiros, después de leer los textos del resto del equipo de redacción—, voy a hablar más o menos de aquello que me ha gustado este año en lo que se refiere a libros, películas o juegos para no perder la línea y no quedarme atrás. Lo primero que quiero colocar en el podio de este 2019 en el mundo del metraje son dos obras maestras del cine, Retrato de una mujer en llamas y Parasite. Tal vez Parasite sea la que esté en primer lugar, no por otra razón que el público al que va dirigido: la mayoría. Céline Sciamma, en cambio, configura un tejido tan íntimo que reconozco que su accesibilidad es, a veces, bastante difícil para el público general. No me quiero dar de pedante intelectual, eh, (ya es tarde, ¿verdad?) pero es una película con planos muy largos y secuencias de silencio y el avance creo que es lento y la forma de articular los discursos es muy pausada y si no la hubiera visto yo en un mood determinado tal vez me hubiera dormido en el cine como lo suelo hacer con las películas con planos muy largos y secuencias de silencio, con un avance lento y con una forma de articular los discursos muy pausada. Parasite tuvo ese momento de querer avanzar como cuando veo algo en una serie de Netflix y adelanto la escena porque no me apetece ver sufrimiento y violencia gratuita y explícita. Sin embargo, el cine sigue su curso sin importarle si quieres ver o no la secuencia que está reproduciendo, por lo que te acabas comiendo esas incómodas escenas que en un primer momento las ves innecesarias, pero que luego entiendes su función dentro de la totalidad de su obra (No como los capítulos aburridos del Ulyses de Joyce. Eso es simplemente tortura gratuita). El bronce se lo doy a Frozen 2, del que creo que Nahikari ya ha hablado o va a hablaros, por lo que simplemente quiero añadir que la veáis porque es muy bonita y la verosimilitud puede suspenderse perfectamente para entrar en la verdadera dinámica de la película que es construir un bildungsroman (o un coming of age, como lo llaman en el cine) adaptado a las problemáticas sociales actuales a las que se enfrentarán o se enfrentan aquellos que vieron Frozen teniendo 5 o 6 años, sólo que cubiertas con un manto de purpurina y brilli-brilli fantástico y con unas canciones que implican, claramente, la evolución natural de las canciones de la primera película.

El apartado de libros no quiero que destaque mucho. Me dedico a ellos, por lo que la cantidad de libros que he consumido generalmente es inversamente proporcional al tiempo y ganas que he acabado cogiendo a la lectura por placer o entretenimiento. Destacaría muchas obras, pero es que el mundo editorial va demasiado rápido y me importa muy poco —aunque lamentablemente deba mantenerme actualizado constantemente con las novedades y futuras publicaciones por el medio en el que estoy— todo aquello que salga con un mínimo de brío publicitario. Hace poco me abrí un GoodReads para intentar contener las lecturas que hago porque se me mezclan en la cabeza. Revisando unos papeles me he dado cuenta que este año he leído la Metamorfosis de Ovidio cuando creía que ya lo había hecho hace dos años y Confesiones de una máscara lo leí a principios de 2018 cuando creía que lo había leído este verano. Por lo tanto, realmente no puedo recomendaros ningún libro porque cada persona necesita su propio espacio lector. Mi espacio lector más inmediato, sin embargo, ha estado invadido casi por completo con Malaherba de Jabois. Como los anteriores, creí que este libro era de 2016, pero resulta que se publicó en Mayo del 2019, por lo que imagino que meterlo en esta recopilación cuenta como punto favorable. Tengo muchas cosas que decir sobre este libro, pero ninguna que merezca la pena escribir; son todas cosas que se quedan para mí. Tampoco os recomiendo su lectura, es triste. Pero sí que recomiendo que leáis a Jabois en general cuando escribe cosas en El País o en cualquier sitio. Su escritura es muy bonita.

En el mundo videojuegil hay dos claros ganadores: Sayonara Wild Hearts se lleva el oro en Nintendo Switch y A Plague Tale se lleva la plata en PS4. El Bronce se me ocurrirá mientras escribo esto, como se me ha ocurrido en las películas. ¿Por qué Sayonara primero? Porque me ha recordado a Bayonetta. Poco más. Poco menos. Es un juego cuya premisa principal atenta contra todo el mercado de los videojuegos y, al mismo tiempo, bebe de todos ellos para construir su mensaje. Es un mensaje que a duras penas he visto: reconfortarse con uno mismo. Bayonetta se reconfortaba con su pasado *spoilers 10 años más tarde* cuando acuesta a la pequeña Cereza en su cama y le canta Fly me to the moon, la primera vez que escuchamos a Bayonetta, una bruja, conjurar una oración. Sayonara Wild Hearts es el mismo mensaje y por esa razón merece un oro indiscutible. A Plague Tale es un juego maravilloso y muy bonito, pero muy cruel y más tradicional. La calidad de la narración es de lo mejor que he jugado, no por lo que cuenta, porque imagino que habrá muchos juegos de la Plaga como hay muchos libros que hablan sobre ella, sino por cómo cuentan la historia. Yo en la revista hablé de la estética, pero realmente dejé un atisbo del verdadero elemento revelador del juego: Château D’Ombrage, esa nueva casa y esa idea de luchar por un espacio propio, por una habitación propia compartida con aquellos a quienes quieres, aquellos que han estado cuando las ratas se comían los ojos de tus muertos. Y es que está muy bien contado mediante su jugabilidad, cómo, tras aceptarse a uno mismo, puedes aceptar al otro, a esas ratas. Es una historia de curación que, pese a proyectarse de un modo más tradicional, cubre un mensaje importantísimo: el autocuidado.

Resultará que de ser quien menos había escrito pasaré a ser quien tenga el agradecimiento más extenso de la redacción. Me han faltado series como Dragon Prince, mi serie favorita actual (Digimon sigue estando ahí arriba, pronto tendréis noticias suyas), maravillosa, vedla, dadle amor, o His Dark Materials, que la estoy empezando ahora y me está encantando. Pero no quiero aburriros más, que Jorge os tiene que contar cosas más interesantes. ¡Felices fiestas y buenas lecturas para el 2020!


Tengo mala memoria, muchachos. Me cuesta recordar qué ha pasado en cada año, incluso en el que estamos viviendo. Tampoco se me da hacer bien tops, porque nunca sé cómo comparar cosas que nacieron para no ser comparadas; y tampoco listas, aunque sea un poco más fácil, porque una lista invita a tachar lo que incluye y me gusta que cada cosa tenga su debido tiempo y espacio. Así que aquí hablaré de mi relación con la cultura de 2019. Más bien, con la que a mí me ha llegado.

He visto mucho cine y algunas series, he jugado bastante y he leído más bien poco. He podido picotear algo del cómic y asistir a alguna obra de teatro. Cada año es distinto: hago unas cosas u otras en función de lo que lo que la vida me deja hacer. Todo depende de las dinámicas y horarios, al final, y de encontrar los espacios adecuados para hacer cada cosa como requiere. Esto, en cierta medida, muestra que cada uno de esos medios cumple una función personal distinta, y que quizá en estos momentos me cuesta encontrar el momento adecuado ponerme media hora con un libro, pero quizá una película de dos horas y media la consuma con relativa facilidad. Y no tiene nada que ver con preferencias de un arte sobre otro; simplemente, así está ocurriendo. Quién sabe si así será el próximo año.

Este 2019 he tratado de aprender, sobre todo, a disfrutar de todo esto. Siempre lo he hecho, pero en determinado momento llegó a haber ciertas tiranteces entre una parte de mí que consumía cultura por puro placer y evasión, y otra parte de mí (en ocasiones muy fuerte) que lo hacía por el mero hecho de acumular conocimientos y obras en la memoria. Quería tener bagaje cultural porque consideraba que me faltaba mucho por ver, jugar y leer. Pero me he dado cuenta, en este año 2019 de nuestro señor, de que eso siempre va a ser así, por mucho que pise el acelerador. Que abarcar todo es imposible, que cada cuál sabrá de lo que sepa, y siempre dejará de saber unas cosas para saber otras. Que no se debe poner en cuestión el placer de leer, o el placer de ver una película, porque es en ese momento en el que esto pierde un poco de sentido. Quizá estoy afrontando esta recta final de año con más calma y sosiego; tengo cada vez menos prisa, y creo que me está sentando bien.

Todo esto lo digo, en parte, porque de lo que he consumido en 2019, solo una fracción es de dicho año. Así que esto es absolutamente parcial, como casi cualquier cosa que se escriba sobre el papel, pero espero que sirva a modo de corolario de lo que me parece más relevante y/o mejor de este año.

Vayamos por partes. Videojuegos.

Resident Evil 2 Remake es uno de esos refugios de los que ya he hablado: un juego que, pese a ser un remake visual y técnicamente formidable, mantiene los cimientos del original prácticamente intactos. Ya lo conocemos, nos gusta jugarlo; no falla, pero tiene sus límites. Algo más arriesgado es Ape Out, una propuesta tan extravagante como sencilla: bajo una estética minimalista de colores planos pero expresivos se esconde uno de los beat um up más cinéticos que he podido probar nunca, pese a ser tremendamente sencillo en su planteamiento mecánico. Es un videojuego que se libera de todo y se queda con lo fundamental, las tres o cuatro piezas mínimas que hacen que todo funcione a la perfección en su discreta propuesta. De opuesto a opuesto, Mutazione es un videojuego magnífico por motivos muy distintos: una aventura gráfica donde poco a poco se nos va introduciendo en una comunidad que acaba siendo familia, donde el objetivo primero y último es el cuidado mutuo, el descubrimiento del folklore que sirve de argamasa para el pueblo y el entendimiento del mismo como un todo que es mayor que la suma de sus partes. No tanto por esto, sino por su visión de la soledad es por lo que destaca The Stillness of the Wind, un juego difícil de enmarcar en un género que normalmente usemos. ¿Juego de gestión? Bueno, en parte, así es, porque en The Stillness of the Wind gestionamos nuestra vida y nuestra soledad; hacemos frente a la vida del campo hasta que éste nos abate. De nuevo, son sólo tres o cuatro mecánicas sencillísimas las que articulan el juego, pero que en conjunto transmiten exactamente aquello que quieren transmitir.

Ahora, cine.

He podido disfrutar de algunos de los blockbusters que han salido este año. Me gustó bastante Vengadores: Endgame. El de Marvel es de los pocos universos cinematográficos que he disfrutado intensamente y me parece que esta película culminó muy bien todo lo construido durante más de 10 años (tanto que, quizá, las que siguen a esta vayan a tener difícil recuperar el interés en mí). Jordan Peele ha traído Us, una propuesta que me parece imperfecta, pero me apetece reivindicar a este autor porque está suponiendo un revulsivo importante para el género de terror. John Wick 3 es una de las mejores películas de acción de la década y bien se merece un hueco en esta lista, aunque probablemente perdiese los equilibrios argumentales que sí tuvo la segunda película. Once Upon a Time in Hollywood me pareció una locura maravillosa, un mosaico que solo podría estar compuesto de cine. Sí, puede que sacrifique muchas cosas para ser como es, pero es como es por todo lo que ha sacrificado. Tengo la sensación de que el tiempo la pondrá en su lugar. Tenemos muy reciente El Irlandés, la última cinta de Scorsese, pero me pareció bastante claro que estaba ante la película de un maestro para el que todavía está más que viva la llama del cine, una absoluta maravilla en términos formales y literarios. Bastante clásica, ciertamente; me resulta curioso que se le critique precisamente esto a Scorsese, cuando es uno de los mayores revolucionarios del cine y, además, muchas de sus “digresiones” en su filmografía fueron duramente criticadas por no ser “suficientemente scorsesianas”. Sin irnos de lo más reciente, Historia de un matrimonio también me parece una película maravillosa: elegante, sutil, naturalista y, en fin, profundamente humana. Trabaja en la fina línea que separa al drama del melodrama, pero es muy consciente de ello en todo momento. Me gusta cómo plantea una historia que está más que sabida, y lo inteligente que es Baumbach para rodar cada escena.

Dentro del cine español, por suerte, se podrían destacar varias, pero supongo que Dolor y Gloria es la que más huella ha dejado en mí. Creo que Almodóvar nunca había alcanzado estos niveles de profundidad, tanto en las formas como en el fondo. Esta película, desgarradora y esperanzadora a partes iguales, tiene un alma indescriptible que la hace única.

Series.

He de reconocer que aquí me he perdido. La oferta de series es desbordante y mi actitud ha sido la de dejar que me lleve la corriente, como comentaba al principio. He disfrutado mucho de la segunda temporada de Mindhunter, una de las series mejor realizadas del panorama actual, y también una con un planteamiento tremendamente interesante. La docuserie Nuestro Planeta (Our Planet) sobre conservación de ecosistemas y especies es, sin lugar a dudas, una de los documentales de naturaleza mejor grabados que existen. Con esto quiero decir que es impresionante a la par que poético, todo un revulsivo para el espíritu conservacionista, y una serie que vi de cabo a rabo con la boca abierta ante la perplejidad de lo que habían conseguido grabar (y cómo lo habían hecho). Pese a situarse en la frontera que separa lo sencillo de lo simple, la tercera temporada de Stranger Things me pareció una más que digna aventura de terror y ciencia ficción. La quinta temporada de Peaky Blinders quizá sea mi preferida de todas, porque ha conseguido mantener mi interés en la constante evolución de personajes que plantea y por tener un acabado visual y técnico muy superior a la media de producciones televisivas; se nota en ella la mano de un autor, y eso es difícil encontrarlo en las series. De After Life, la serie de Ricky Gervais, ya hablé con cierto detenimiento en esta columna, pero también ha sido una de las sorpresas de este año, porque prácticamente me la encontré perdida en el catálogo de Netflix.

Y creo que aquí pararé, porque prácticamente todo lo que he leído este año han sido cosas con sus buen tiempo en el mercado. Quizá me deje cosas, pero tampoco importa. Sirva esto como visión semicaótica de lo que ha sido el año, esa división a caballo entre lo natural y artificial por la que estructuramos nuestra vida. En lo cultural, siempre me cuesta decir que un año ha sido un mal año porque, al final, siempre hay decenas de obras más que interesantes que rescatar. Para 2020 no tengo más propósito que seguir disfrutando de la cultura, encontrar el placer en consumirla, huir de las prisas y la obligación, seguir viendo interés en criticar y debatir. Y poder escribir sobre lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor pero, sobre todo, disfrutar haciéndolo.

Y, como véis, aparte de mala memoria, a veces no sé sintetizar.


Este año la World Wide Web ha alcanzado las tres décadas. Treinta años de un mundo paralelo que está destinado a conectarnos en otra realidad, como ha tratado de hacer Death Stranding. El regreso de una personalidad de la industria del videojuego siempre es una buena noticia, como ha resultado ser la vuelta de Hideaki Itsuno para dirigir el magnífico Devil May Cry 5. No ha sido la única quinta parte que me ha robado el corazón, porque Gears 5, ahora con el título acortado para no hacer mención a la innecesaria guerra, ha dado más batalla que cualquier otro shooter en tercera persona. Y digo en tercera persona concretamente ya que Halo: Reach ha vuelto de entre los muertos, ahora con versión para PC. Es buena época para que el pasado reescriba el futuro, como hace Mortal Kombat 11 tejiendo un sistema de combate completamente distinto a lo inmediatamente anterior, pero haciendo honor a sus raíces. El género de la lucha está especialmente inspirado, encabezado en mi lista de preferencias por Street Fighter V, que comenzó el calendario anual con su Arcade Edition, y va mejorando cada día más. Quien verdaderamente envejece bien es Samurai Shodown, quizás demasiado tradicional para encajar en el gusto mayoritario actual, pero haciendo uso del lenguaje marcial más exquisito que nuestras consolas han podido procesar.

Creía no haber jugado una gran cantidad de videojuegos recién salidos del horno, pero es en mi cita con el cine donde he estado un tanto despistado. Sin embargo, nunca jamás habría imaginado que terminaría viendo un buen puñado de películas de Marvel. Lo que sí habría podido predecir es que la tercera película de John Wick me gustaría tanto como las dos anteriores. Hasta ahí todo tuvo la bonita excusa de participar en el podcast de Espada y Pluma, donde por desgracia no hemos podido dedicar un programa a Detective Pikachu, la mejor película de este año y de cualquier otro, con el permiso de otras muchas mejores películas. Es el caso de Ying (Sombra, en nuestras tierras) de Zhang Yimou, que llegó a los cines españoles con cierto retraso, permitiéndole estar aquí ahora, aunque ya estaba en mi corazón y lo estará por siempre jamás. Tengo la tremenda suerte de no ser un gran fan de Star Wars, ya que su noveno episodio apenas justificó el precio de la entrada. Sí mereció la pena ver The Boys, la única serie que he visto completa recientemente, si exceptuamos el accidentado final de Game of Thrones. Un final que no me disgustó del todo, dicho sea de paso.

Supongo que los años van haciendo mella; cada día me cuesta un poquito más concentrarme en una buena lectura, sacar partido de ella y enfrentarme a las letras sin más artificios. Los videojuegos me han servido para recuperar parte de aquello que era leer novelas. Ascendance, la última incursión en las letras del universo Gears of War, no está al nivel de su legado, pero no porque no haga méritos, sino porque los libros anteriores pusieron el listón muy arriba. Halo ha llegado en papel a casa en forma de cómic, mediante Lone Wolf, una pequeña pieza más de gran valor para su universo transmedia. Me gustaría poder nombrar una gran cantidad de libros acerca de Japón que he desempolvado en estos últimos meses, pero no son actuales precisamente. No sé qué me deparará el futuro en esto de la escritura, pero me gustaría poder organizar mi biblioteca personal y tener un lugar tranquilo donde hacer uso de ella. Leer más y mejor.


Mis libros hablan de Tokyo, de vez en cuando, y la misma ciudad da nombre al último single de Julien Baker. Dicho tema vino acompañado de Sucker Punch, y no me refiero al estudio que está trabajando en Ghost of Tsushima, aunque al final todo quede en el país del sol naciente. Aquí quizás no nazca el astro, pero las Nynias del Corro me han devuelto parte del rap que llevaba años sin escuchar, con temas como Jumanji o Salsa². Desde otro ángulo totalmente diferente ha sonado el álbum Mala Santa, de Becky G, que confirma lo que podíamos imaginar: ha venido para quedarse y para reinar en su campo. Dejamos la sangre joven para pasar a una un poco más vieja. Slipknot ha regresado con We Are Not Your Kind, con bastante más energía de la que hubiera podido imaginar. Su carrera ya es lo suficientemente dilatada como para echar el freno cuando quieran, pero no parece que vaya a ser pronto.

De nuevo, el tiempo no perdona. Han pasado cuatro años desde que dejé, sin terminar, la carrera de Historia y Ciencias de la Música. Son demasiadas cosas las que voy dejando a medias en esta vida, sin que ésta dé la oportunidad de volver atrás para enmendar errores o hacer valer aciertos. Para esa fecha tan redonda como es 2020 espero aprender a sólo mirar hacia delante, y saber que camino hacia el lugar correcto.


¿Hola? ¿Se me oye? Uy, sí, sí se oye. Pues me meto ya en faena, que tendré yo que decir las mejores cosas de 2019 o algo.

En primer lugar para mí ya es toda una Mejor Cosa el estar aquí. No solo por poder estar escribiendo y que se valore mi trabajo (que eso es una cosa que siempre gusta mucho), también porque Espada y Pluma me da la oportunidad de participar en el panorama cultural diciendo cosas desde mi posición de persona que sabe algo. Siempre está bien saber que ese dinero que invertiste en tu grado universitario ha servido de algo. En este caso, para poder hablar de Harry Potter, de las bibliotecas y de Harold Bloom. Saber que además los lectores valoráis mi trabajo es también una Mejor Cosa. Gracias por dar un pequeño paso hacia la igualdad leyendo a una mujer mediocre en lugar de a otro hombre mediocre. No necesitamos ser extraordinarias para que se nos escuche.

A lo largo de este año he leído auténticas joyas, pocas de actualidad, debo reconocerlo. Una de las cosas geniales que he leído y de la que he podido hablar aquí es Mortífago, ese fanfic que ha marcado mi septiembre, la verdad. He tardado un mes en digerir bien el final, y a veces aún lloro por las noches, pero ya solo me pasa los días impares. Por otro lado, no he llegado a hablar de ello, pero a principios de año Los muertos no pagan IVA me trajo de nuevo a Parabellum para darme antojo de croquetas y ganas de abrazar a mi detective paranormal favorita. No lo he hecho aún, pero quiero recomendaros ya tanto esta novela como su predecesora (El dios asesinado en el servicio de caballeros), porque aparte de tener portadas muy molonas, tienen también mi corazón ganado. Otra obra que tiene mi corazón ganado desde antes de comprarla, años ha, es Buenos Presagios (ahora la he comprado dos veces porque tengo severos problemas de manirrotismo), y por supuesto, su adaptación con Michael Sheen y David Tennant no solo ha vuelto a robarme el corazón sino que le ha pegado un bocao y me ha guiñado el ojo. Y si tengo que hablaros de obras que me han dejado muerta este año, aunque se publicasen hace mucho, debo incluir A sangre fría, porque creo que no soy la misma persona después de leerla. Sin embargo, este año le he echado el guante al primer tomo de Magical Girl Boy, que es probablemente lo mejor de magical girls que me haya echado jamás a la cara. Si sois personas de ver anime más que de leer, el anime es un calco del manga y es exactamente igual de recomendable.

Y en vista de que se ha puesto de relieve el trabajo de Becky G, me gustaría también señalar que este año he dejado de resistirme a Bad Gyal porque entre Santa María y Zorra no me ha dejado más remedio, igual que debo decir que entré en la música de Camila Cabello y Shawn Mendes por el ship y que me voy a coger una butaca cómoda para quedarme, porque me parecen lo más. Que hasta el momento estaba yo un poco ocupada escuchando en bucle a Tierra Santa pero igual va siendo hora de cambiar un poco la banda sonora de mi vida. Así que sí, también quiero deciros que ya he abrazado Into the Unknown, aunque me sigo quedando con Lost in the woods (de hecho, con la versión en español de Erik Cruz, Perdido en el bosque). Frozen II no creo que sea la mejor película del año, pero solo porque ese hueco para mí lo tiene Hobbs&Shaw, que promete dos señores mazados haciendo cosas y da eso y añade a Idris Elba. Pagué por ella tres veces y pagaré por ella otra vez.

Al haber entrado en la revista en septiembre no he podido hablar mucho ni de muchas cosas, pero por suerte para todos siempre tengo ganas de hablar y tengo una lista con cosas de las que quiero escribir, así que no os preocupéis, tenemos para rato. Porque en 2019 he dicho algunas cosas, como las han dicho mis colegas, pero en 2020 pienso decir muchas más, y me gustaría que estuvierais ahí para escucharlas y comentarlas conmigo.


Espada y Pluma te necesita

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