Perder una batalla duele, pero perder la guerra es devastador por lo definitivo de sus implicaciones: cambian el tablero de juego, las normas y quienes las gobiernan, la Historia, la vida de las personas. Tras una guerra también cambia el lenguaje: los adjetivos que se utilizan, qué nombres se pronuncian y cuáles se ocultan, los nuevos matices adquiridos por palabras viejas.
No sólo cambia el lenguaje en sí mismo, sino sobre qué se habla, cuándo se habla, quién tiene espacio para alzar la voz y bajo qué normas implícitas tiene lugar el debate. Perder la guerra lo cambia, en definitiva, todo, porque el significado de las palabras y los matices con los que nos referimos a las ideas, los objetos o las personas modifican nuestra perspectiva misma de la vida.
En pleno 2025 creo que podemos decir sin mucho miedo que hemos perdido la guerra del lenguaje cultural. Los términos que nos daban entidad y autonomía en el ámbito de la cultura han sido desplazados por los otros ligados a lo cuantitativo y mercantilista. Hemos acabado por no ser ciudadanos, sino consumidores; así, las obras culturales se consumen, no se disfrutan o aprehenden. No hay creadores, sino industrias. Los videojuegos rentan o no en función de una suerte de ratio duración-calidad-precio. Las películas son cada vez menos la nueva de Scorsese y más el lanzamiento de la semana de Netflix. Los gastos culturales son inversiones, de tiempo y dinero; por lo que las obras largas, pausadas y que requieren de nuestra atención plena se perciben casi como insultos a nuestro exiguo tiempo y nuestra limitada cartera. Las críticas o reportajes culturales son contenido; y, los críticos, creadores de contenido.

La discusión no pivota en torno a la calidad de las obras, su marchamo autoral, su trascendencia sociocultural o siquiera la conexión emocional en un plano más personal, sino en torno a los informes financieros y las estrategias comerciales. Hemos dejado de pensar desde nuestra humanidad —si es que en algún momento reciente lo hicimos— para pensar como un ejército de pequeños CEOs, más preocupados por la parafernalia industrial que por el buen hacer artístico y los mensajes de las obras. La conversación está más ocupada del FOMO y la industria que del arte.
Los términos que nos daban entidad y autonomía han sido desplazados por los términos ligados a lo cuantitativo y mercantilista
Todos, como sociedad, hemos perdido la guerra del lenguaje cultural: hasta los de ideología más progresista y los más concienciados con este tipo de problemas hablamos de consumir, de contenido. El tablero lingüístico y discursivo en el que se mueve la cultura actual limita y dirige las conversaciones hacia lo cuantitativo, lo superfluamente material y lo pseudoracional: números, economía, inversiones, productividad. El lenguaje de un determinado ámbito (el empresarial) se ha trasladado de forma ponzoñosa y sin invitación previa al debate cultural.
El lenguaje nace de un sistema con unos objetivos particulares y una interpretación muy concreta de la realidad, por lo que es lógico que los sistemas capitalistas en los que vivimos hagan permear la terminología mercantilista y productivista a esferas de la vida que no corresponde y, con ello, modifiquen nuestra concepción de todo. El lenguaje mercantilista ha alcanzado lo cultural, pero también al funcionamiento del Estado y sus estructuras —se habla de los países y los servicios sociales en términos de oferta-demanda y productividad—, el cuidado del cuerpo —como sistema mecánico de inputs y outputs que lo moldean cuantitativamente—, el ámbito académico —donde es necesario ser productivo y crear una marca personal para prosperar— o el natural —se habla de servicios ecosistémicos o recursos naturales. Sin darnos cuenta, como la rana y la olla que se calienta muy poco a poco, estos términos van moldeando nuestra concepción misma de la realidad y crean una ideología homogénea para interpretar esferas de la vida que son muy diferentes entre sí y requieren de sensibilidades propias.
En toda guerra hay vencedores y vencidos, y el punto más importante para los vencidos es reconocer la derrota, ya que es el primer paso para poder ganar la siguiente guerra. Es necesario rearmarse, reubicarse, ser consciente de tu posición, saber quién es el enemigo y cuál es la correlación de fuerzas. Ser conocedor de los orígenes del lenguaje que utilizamos y con qué objetivos los aplicamos es fundamental. Sin ir más lejos, llevo hablando todo el texto en lenguaje belicista (guerra, perdedores, armas) y eso seguramente ha modificado la interpretación del lector del propio texto. No sé si para bien o para mal, si lo ha simplificado o ha servido para dotar de más fuerza al mensaje, si puede considerarse una metáfora adecuada. En cualquier caso, las palabras que seleccionamos, trasladamos y moldeamos son un fiel reflejo de nuestros objetivos y, en esencia, de cómo vemos el mundo.
La cultura no debe quedar a merced de las reglas (y el lenguaje) del mercado.
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