Este año ha sido cuanto menos convulso. Su inicio fue horrible y poco a poco mejoró hasta recuperar sus niveles de año vivible. Otra cosa a decir de este año es que, aunque no lo crea ahora mismo, se me ha hecho muy largo, como que ha pasado rápido, pero al mismo tiempo he notado que ha sido una eternidad. No me he podido yo centrar mucho en la cultura ni en la creatividad (de ahí que veáis mi prolífica ausencia de textos este año, bueno, y el anterior).

Llevo un par de años haciendo listas, así que voy a rehusar un poco de esa ventaja y voy a hablar más o menos de las cosas que he ido haciendo en cuanto a cultura y eso. Antes me gustaban las cosas densas, intensas, profundas. No quiero ya profundidad, quiero un Alberto Caeiro que me recuerde que una flor es una flor, y en ella no se esconden ni dioses ni secretos. La primera gran experiencia que tuve este 2021 fue adentrarme en el mundo de los JoJo’s. Lo hice mal, horriblemente mal, pero no porque de JoJo’s no pueda salirse, sino que lo miré en mal momento. Aun así, quede absorbido por la serie a partir de la segunda temporada.

JoJo’s Bizarre Adventures es una maravilla porque consigue desenfocar las preocupaciones reales de la vida del espectador y centrarlas en enormes e intensos dramas que nacen de un absurdo no tan absurdo. Me gustaron mucho las dos primeras temporadas porque parecía una serie hecha para ser vista en televisión, es decir, que cada capítulo es autoconclusivo, pero mantiene un ritmo y un cometido concreto. La cuarta temporada me gustó el hecho de que sucediera en un pueblo. No he hablado nunca de ello, pero es maravilloso cómo se construye un pueblo en una historia porque es como un hogar cuyos componentes constituyen el todo de los ideales y experiencias del protagonista. En fin, el problema de la cuarta temporada creo que fue, para mí, que la vi demasiado rápido y desentonó el consumo voraz de episodios al que nos acostumbra Netflix con el cuadro de costumbres que nos presenta JoJo’s al estilo de Larra. La quinta temporada la disfruté muchísimo y me encantó porque se potenció la intensidad de las pequeñas cosas y eso siempre es bonito de ver cuando hay problemas en la vida real. La sexta ya la estoy viendo con otro ánimo, pero recordando con una falsa nostalgia las anteriores seis generaciones de JoJo’s. En fin, contemplad JoJo’s.

De lecturas resulta ser y acontece que es difícil leer cuando uno está mal porque pese a parecer tener el tiempo necesario para dedicarle unas horas a un libro profundo, la realidad es que la realidad invade las líneas por las que pasean tus ojos. Me ha quedado esto muy intenso, en fin, que como no tengo yo ya la cabeza para nada complejo, dejando de lado a Nuestro Señor Fernando Pessoa y hasta ahí nomás porque solamente he tocado a gusto su etapa como Alberto Caeiro, he recurrido al maravilloso mundo de la literatura infantil-juvenil de antaño.

No sé hasta qué punto la literatura infantil-juvenil es como tal porque lo decide la editorial o porque realmente lo leen los niños y los jóvenes. La cuestión es que, por ejemplo, La Isla del Tesoro siempre se ha considerado literatura juvenil del mismo modo que los cómics del Rubius. Como el público infantil-juvenil tiene acceso a cosas más entretenidas, como los cómics del Rubius, a la literatura infantil-juvenil de antaño se le pasa a llamar clásicos. ¿Pero sigue siendo literatura infantil-juvenil? En fin, no lo sé, pero he tenido dos lecturas bonitas este año.

La primera lectura así como maravillosa que sirve para purificar el alma y abrir los chacras es El viento en los sauces, qué maravilla. Ya haré algo con ese libro porque realmente quería meter un artículo sobre él en el monográfico 2, pero no tuve la ocasión de inspirarme. Una elegía maravillosa cottagecore donde los animales del bosque conviven cándidamente y sin más preocupaciones que saber si cenar pastelitos de frambuesa o de arándanos. El libro es un cuento infantil, pero recuerdo que cuando lo leí de pequeño me aburrió soberanamente porque no acababa yo de conectar con la tranquilidad y el remanso de animalillos forestales disfrutando de un picnic. ¿Es por ello un clásico no infantil o sigue siendo literatura infantil? Me pasó igual con Ana María Matute, se me hacía muy densa en ciertas épocas, aunque nunca tanto como Martín Gaite, pese a que les cogí cariño a las dos. En fin, lectura sanadora que me ha ayudado este año a hacer dos cosas: recuperar el hábito de leer por las noches y la posibilidad de relajarme con la lectura.

Otra lectura juvenil que he leído, ahora sí que sí, menos relajante, pero entretenida, es la saga de Percy Jackson. En realidad miento, no he leído la saga, sino que he leído tres cuartos del primer libro. No obstante, me ha gustado mucho. Hay cosas que obviamente cambiaría, pero es una de esas lecturas por las que me gustaría abogar en favor de la literatura juvenil para jóvenes, y no Góngora o el Quijote adaptado por vez cuarenta y cinco. Un joven disléxico ve romantizada su discapacidad en pro de una perfecta comprensión del griego antiguo, hecho que le lleva a descubrir su conexión con los antiguos dioses del Olimpo, en concreto, con Poseidón. La escritura es muy estadounidense, no sé cómo explicarla, pero es la misma que la que tiene Stephen King. Intenté leer un libro de introducción a la literatura norteamericana escrito por Borges, pero no hubo éxito, terriblemente infumable. Percy Jackson está muy bien porque es fácil identificarse con el personaje, además de tener algunas salidas graciosísimas que no sé si son de la traducción (que si fuera el caso, enhorabuena al traductor o traductora) u originales del autor. En tal caso, me ha gustado mucho en general.

Un último libro que leí en relativamente poco tiempo, dos semanas o así, fue Arrancad las semillas, fusilad a los niños. Siempre amante de los títulos poco llamativos, lo cogí de la biblioteca y lo leí en cuestión de varias mañanas a finales de verano. No me gustó especialmente, bastante agresivo con el ambiente y entiendo el sentido, pero no me acabó de convencer. La novela, que es muy corta, trata de la re-humanización de unos niños que han sido deshumanizados en un reformatorio. Todo en un contexto bélico entre Japón y Corea, el reformatorio debe cerrar y los adultos deciden llevarse a los niños a un pueblo de montaña para trabajar. Allí todo bien hasta que les envían a enterrar unos animales enfermos y a los pocos días la enfermedad empieza a aparecer en los habitantes del pueblo. Todos los pueblerinos huyen y los niños se quedan solos con todo. Luego pasan cosas y tal. Es llamativa y ha estado bien la experiencia, pero no es recomendable.

¡Videojuegos! El juego que más he disfrutado este año, creo, es Attack of the Friday Monsters! A Tokyo Tale. Creo que ha sido este año, no me acuerdo. En tal caso, nunca es tarde para recomendar esta maravilla de Nintendo DS. En realidad no sabía de su existencia hasta que en primavera salió un tráiler de un juego de Shin-Chan (que se llama exactamente Crayon Shin-chan: Ora to Hakase no Natsuyasumi) y con él, muchos empezaron a hablar sobre un género de juegos que consistían en vacaciones de verano tranquilas y maravillosas llamado Bokunatsu. Veis que yo estaba con los JoJo’s, con el Viento en los sauces, … Bien, pues buscando sobre este género de videojuegos casi inexistente aquí en Occidente, encontré que Attack of the Friday Monster! A Tokyo Tale sí que estaba disponible en la eShop de la DS.

Es un juego maravilloso, ya hablaré de él a fondo. En general, es un cuadro de costumbres ambientado en un verano de los sesenta, en pleno auge de los monstruos gigantes (Godzilla). Juegas como un niño que se acaba de mudar al pueblo y vas a hacer amigos. Me ha gustado porque los juegos tranquilos normalmente tienen una jugabilidad que consiste en plantar y pescar, que no está mal, pero es algo que ya es esperable. Sin embargo, ¡La jugabilidad de esta obra maestra son cromos! Me ha hecho mucha gracia, porque encima los cromos funcionan como funcionaban cuando yo jugaba a los cromos de Pokémon, un piedra papel tijera llevado a monstruos del espacio, de las profundidades o de la superficie. La historia está equilibrada en el punto justo para ser épica dentro de sus márgenes, unos monstruos atacarán la ciudad el viernes, y todo el pueblo espera como si se tratara de un programa de televisión. En parte por esto me ha hecho recordar a la peli esta de Buenos días, de Yasujiro Ozu, una perfección cristalizada en ámbar.

No me acuerdo mucho de qué otros videojuegos he jugado así con asiduidad, salvo por Animal Crossing. Este año he decidido centrar mi isla en Navidad y no en Halloween, como el año pasado. Es preciosa y ya tengo a todos los vecinos que quería. Luego también jugué por fin a Pokémon Espada y ha sido precioso, pero al mismo tiempo poco gratificante. No digo que sea cuestión del juego, pero sí que tuve algún que otro reparo al ver por dónde iba todo. Seguro que he jugado a muchos más, pero no los recuerdo.


Espada y Pluma te necesita


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