Parece que las obras, cada vez más, adquieren la dimensión de cultura popular gracias a la creación de universos transmedia ricos y reiterativos. Son nueve entregas principales de Star Wars, pero también está el llamado universo expandido en forma de series de televisión, spin-offs fílmicos y numerosas novelas y tebeos. En general, la política de Disney apunta en esa dirección, que expandirá también el universo cinematográfico de Marvel con series en su nueva plataforma de streaming. Juego de Tronos, la serie de HBO, tiene su origen en el Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin, y vio su final antes que las propias novelas. Y ahora le toca a The Witcher: la recién estrenada serie de Netflix es, al fin y al cabo, otra adaptación más de las novelas de Andrzej Sapkowski, conocida como la Saga de Geralt de Rivia, que ya tuvieron una adaptación que cuajó en éxito de masas con la serie de videojuegos The Witcher de CD Projekt, y otra adaptación ciertamente más desafortunada en forma de serie de televisión polaca.

Ese es el contexto en el que nos movemos, el de la transmedialidad y la adaptación literaria. Mientras que los videojuegos funcionaban a modo de secuelas de las novelas (aunque su historia tiene un final más bien cerrado), la serie de Netflix apunta a ser una adaptación fidedigna de las mismas. En esta primera temporada se adaptan las historias de los dos primeros libros, La Espada del Destino (1992) y El Último Deseo (1993), que abrían el universo de Geralt de Rivia en forma de relatos cortos interconectados entre sí. Para entender la serie quizá convenga antes repasar un poco qué nos ofrecían aquellos libros, qué los hacía especiales y por qué demonios poco tienen que ver con Juego de Tronos.

Folklore, espada y brujería

Etiquetar la saga de Geralt de Rivia de cualquier forma sería simplificarla, porque es probable que no exista todavía una etiqueta adecuada. Especialmente porque la saga del Brujo es una revisitación de los tropos y lugares comunes de la fantasía y los mitos del folklore centroeuropeo, una deconstrucción de todo aquello que va desde los cuentos de hadas y populares hasta Tolkien. En la saga del Brujo tienen cabida las espadas, la magia, los castillos y las guerras, pero todo ello está pasado por un prisma muy especial que busca romper con la tradición y llevar los tropos a lugares muy palpables y oscuros.

Geralt de Rivia no es un héroe; como mucho, un héroe accidentado y tangencial. Alguien que casi se topa con la heroicidad en medio del caos más absoluto. Es un recadero solitario y gruñón, un hombre que intenta sin demasiado éxito ser aquello que el mundo dice que debe ser (un brujo, un matamonstruos a sueldo sin sentimientos). No hay tras de sus acciones empresas épicas ni la búsqueda de nada más trascendente que la propia supervivencia. Geralt de Rivia funciona como el cascarón en el que se inserta el lector (más tarde, el jugador): un hombre apartado que vagabundea en medio de lo ajeno, que ha de conseguir unas monedas para sobrevivir y se encuentra siempre ante decisiones morales que intenta evitar. En el videojuego, el papel tradicional de recadero cumple-misiones que muchas veces se critica en estos, le venía que ni pintado a Geralt de Rivia.

Entonces, tenemos al brujo, un mutante que domina la espada y los bestiarios, y que conoce los rudimentos de la magia. A su alrededor, monstruos que buscan ser matados por nobles cuyas hijas han sido maldecidas o villanos que temen por sus cosechas. Estriges, lamias, wyvernos, mantícoras y cientos de criaturas que proceden del folklore centroeuropeo y grecorromano, que adquieren una dimensión palpable con repercusiones en lo nobiliario o económico, y normalmente con un fuerte simbolismo detrás.

Así, muchos de los relatos de los libros originales servían para deconstruir un mito de la cultura popular. Una cuestión de precio (adaptado en el capítulo 1×04 de la serie) es una suerte de La Bella y la Bestia con implicaciones políticas; Fuego eterno trabaja la figura del Doppler o Doppelgänger, un ser capaz de cambiar de forma que ha tenido numerosas manifestaciones en la cultura germana y nórdica y también en la literatura romántica; El Último Deseo (adaptado en el capítulo 1×05) pivota en torno a un djinn, un genio de la lámpara que funciona según las reglas tradicionales pero que es utilizado para fines mucho más oscuros que sirven para desenterrar los traumas de los personajes.

The Witcher como adaptación: relatos y líneas temporales.

La serie de Netflix quiere, y consigue, ser una adaptación fiel no sólo al espíritu de los libros, sino también a su trama. El propio Sapkowski ha ejercido como consultor en el proceso de creación de la historia, a cargo de Lauren Schmidt Hissrich (guionista de El Ala Oeste de la Casa Blanca o Daredevil). En general, toma de estos dos primeros libros los relatos que considera para dotar de cierta linealidad a la historia y trazar un arco argumental para los personajes. Esto tiene una serie de implicaciones narrativas que afectan a la estructura de la serie: son tres líneas temporales para sendos personajes principales (Yennefer, Ciri y Geralt), de manera que acaban confluyendo en una única trama mayor al final de temporada como ocurría en el tercero de los libros del Brujo. Por un lado, esto permite jugar en cada episodio con elementos distintos y llevar a cabo un mosaico de escenas que el espectador debe interpretar; por otro, es bastante fácil perderse si uno no ha leído los libros previamente, y este esquema surge más bien como una necesidad antes que como un objetivo creativo. En términos relativos, se ha hecho un buen trabajo teniendo en cuenta de dónde venimos; en términos más absolutos, quizá el vaivén de tramas no termine de estar todo lo ajustado que debería, especialmente en los primeros episodios.

Más allá de su estructura, la serie mantiene todo aquello que hacía únicos a los libros. La personalidad de Geralt sigue intacta, es decir, sigue siendo un brujo apático, gruñón, estoico y pragmático. Más que expresarse por sí mismo, se expresa a través de su entorno y los personajes que le rodean. Jaskier hace de contrapunto dramático como personaje romántico, dicharachero e insensato; creo que se ha sabido adaptar a la dinámica cinematográfica este humor tan característico que ya existía en los libros y que tan bien funcionaba. Yennefer, por su parte, transforma a Geralt por momentos y arranca de él los sentimientos que supuestamente un brujo no deberá tener.

La trama de Yennefer es la que más se ha expandido, y quizá la más interesante. Recogiendo el testigo de menciones y datos que se dan en los libros, aquí se ha decidido contar el pasado de la hechicera, desde su procedencia a su formación. De esta forma, se hacen explícitos los miedos y anhelos que después mostrará Yennefer: por qué quiere recuperar sus capacidades perdidas, por qué decide explorar la vía individualista y por qué se relaciona con los de su alrededor de la forma en la que lo hace.

La trama de Ciri todavía no ha hecho más que arrancar, y sirve a su vez para comentar el peligro que sufren los reinos del Norte por el ataque de Nilfgaard. En el resto de libros Ciri tiene una importancia al nivel de Geralt, así que falta por saber si será así; en cualquier caso, lo que aquí se muestra es la base para lo que presumiblemente vendrá después.

Del negro sobre blanco a la pantalla.

La serie aumenta en calidad e interés conforme pasan los episodios. Creo que esto no se debe a la calidad literaria per sé, sino a una mejora notable de la narración audiovisual y la puesta en escena. En el piloto la mosca está detrás de la oreja: el CGI quizá no esté tan bien implementado como debiese, la narración parece muy atropellada y el estilo visual tiene sus más y sus menos. Durante el segundo episodio muchas de estas dudas continúan. No obstante, como digo, poco a poco la serie va mostrando todas sus cartas, asentando su aspecto y ofreciendo una narración cinematográfica más que decente. La serie progresivamente se va haciendo más cinética, más interesante y variada en su aspecto visual. Tiene algunas escenas especialmente destacables, imágenes verdaderamente potentes y dos episodios magníficos en términos formales como son el tercero y el cuarto. Creo que una lectura de directores puede darnos una idea de por qué estas dinámicas: los dos primeros episodios están dirigidos por Alik Sakharov (también codirige el séptimo, otro que palidece respecto a los que le rodean), y el tercero y cuarto por Alex García López, un director y guionista que ha trabajado en otras producciones de Netflix (Daredevil, The Punisher, Las Escalofriantes Aventuras de Sabrina, etc.) que tiene un mucho mejor manejo de la cámara y la tensión dramática. A partir de ahí, y con salvedades, la serie mantiene un nivel cinematográfico más que decente. Quizá la perspectiva de mejora que tiene la serie no esté tanto en lo literario como en lo estrictamente visual: tomar un director o grupo de directores bien capacitados para futuras temporadas puede terminar de despejar muchas dudas y dotar a la serie de regularidad y fuerza; porque ha demostrado que en muchos momentos que es capaz, y que The Witcher puede ser también una obra audiovisual con relevancia por sí misma.  

No creo que merezca demasiado la pena comentar si los actores se parecen mucho o poco a los personajes de los libros o los videojuegos. Lo que sí es interesante es el trabajo actoral que hacen todos ellos: Henry Cavill, Anya Chalotra, Freya Allan y Joey Batey están muy precisos y consiguen dotar de realidad a los personajes de las novelas. Se ve la ironía constante en Geralt, el resabio con el que Yennefer trata a los demás, el temor y la confusión de Ciri y la ternura más graciosa en Jaskier. En producciones de ritmos tan acelerados como la de las series de televisión cuesta conseguir que desde el comienzo las actuaciones sean convincentes, pero aquí parece que ese aspecto está bien cubierto para futuras temporadas.

Qué esperar del futuro.

Hay que tener en cuenta que estamos hablando de un producto incompleto. Es la primera temporada de lo que será una serie de larguísimo recorrido. En un contexto en el que mucha gente, tras ver el primer episodio, alzó las armas contra la serie, invito a ser cautos. Esta primera temporada creo que es una obra muy interesante, pese a sus flaquezas e irregularidades. Pero si uno echa la vista atrás en series ahora bien asentadas, se dará cuenta de que los primeros episodios nunca son los mejores, aunque los dirija David Fincher. Probablemente The Witcher esté todavía por asentarse, debe reposar en el público y sus creadores, y afianzar su gramática y puesta en escena; pero ha sido fácil disfrutar mucho de la primera temporada y me invita a mantener el interés por las siguientes. No es poca cosa.


Espada y Pluma te necesita


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