Los niños y niñas que se han portado bien durante la noche del veinticuatro de diciembre reciben una visita especial. Mientras duermen, alguien entra en sus casas y deja allí sus regalos, para que puedan abrirlos al día siguiente, como premio por todo lo bueno que han hecho durante el año. Pero, ¿qué pasa con los malos?

Dicen que a quien no se ha portado bien le traen menos regalos, o que no se los traen, o que directamente le llevan carbón en lugar de los juguetes que quería. Pero en realidad eso pasa con los que se han portado regular. Los que se han portado mal reciben otra visita, bastante antes de la noche del veinticuatro.

Del cinco al seis de diciembre hay un ser que pasea por las calles cuando todo está oscuro. Ese ser, que lleva cencerros y cadenas consigo pero los puede hacer callar a voluntad, es capaz de manipular el tiempo, de manera que esa noche dure mucho más que las demás, y así poder ir mirando casa por casa. El espacio y el tiempo tienen otro sentido cuando se es una criatura fantástica de miles de años.

Jenifer estaba acostumbrada a tener terrores nocturnos, pero cuando abrió los ojos y vio a aquel ser, agazapado en una esquina de su habitación, mirándola con sus ojos grandes y lechosos, y con los cuernos retorcidos entre el largo y extraño pelaje, se asustó. Le dio tanto miedo que quiso cerrar los ojos para no verlo más, pero también le daba miedo dejar de verlo, porque podría atacarla y ella no estaría mirando para poder reaccionar. Aquella criatura se acercó, estirándose mientras lo hacía, y Jenifer se dio cuenta de que debía de medir dos veces más que su padre, y que tenía unas enormes manos, con unas garras enormes. No se había portado bien ese año, pero no se le ocurrió pensar que aquello fuese su penitencia, porque Jenny pensaba que su castigo (si es que lo había), llegaría a finales de año.

La niña no fue capaz de moverse mientras aquel monstruo le ponía un saco en la cabeza. Tampoco fue capaz de reaccionar cuando notó que la envolvía en la manta como si fuera un canelón y se la llevaba por la ventana. Por primera vez en siete años, no tuvo una rabieta, no gritó y pataleó, no se revolvió y mordió. Se quedó quieta y callada, en trance. Su cerebro intentaba asimilar que la estaba secuestrando un bicho peludo con cuernos, y le costaba un triunfo. Si hubieran sido hadas habría sido más fácil, pero la pobre Jenifer no tenía ninguna referencia de qué podía ser aquella bestia, aparte de quizá, un monstruo. Pero la palabra monstruo era demasiado genérica, así que todas sus neuronas hacían su mejor esfuerzo para sacarla de aquella situación en la que no sabían muy bien cómo se habían visto metidas. Para cuando salió del trance y consiguió arrancarse la capucha de tela de saco, lo que vio a su alrededor la dejó descolocada de nuevo. Estaba en una habitación muy iluminada, rodeada de niños y niñas de diferentes edades, pero en todas las caras se pintaban el miedo y la confusión. La bestia que les había secuestrado estaba de pie entre ellos, y ahora que podía verle la cara, era todavía peor que cuando lo había visto por primera vez. Jenifer, la niña más temible del patio de su colegio, se echó a temblar. El monstruo la miró con sus ojos blancos, y luego paseó su mirada por los otros rostros. Cuando abrió la boca, todos contuvieron la respiración, porque la voz que tenía era tan grave que podían notar las vibraciones en el pecho.

—Ahora vais a saber lo que pasa cuando no te portas bien.

Jenny no habría sabido explicar a un adulto qué ocurrió después, pero cuando quiso darse cuenta estaba atrincherada en un castillo de madera con Almudena, una niña diminuta de mofletes redondos que usaba el tirachinas con una precisión aterradora.

—Más canicas —le ladró su compañera, que no debía de tener ni cinco años.

Jenifer le acercó un puñado de canicas, que la niña se metió en la boca. La otra dudaba seriamente que aquello las hiciera más mortales, pero no pensaba decirle ni media palabra al respecto. Jenny se aferró a su arma, una espada de juguete que se le había partido en algún momento, sin que ella se diera cuenta. Había estado ocupada gritando y apartándose a manotazos el pelo de la cara para no perder de vista al ejército que les estaba aplastando. Almudena escupió las últimas tres canicas en la mano, y se giró hacia ella, que estaba ocupada disociando.

—Podemos salir —le susurró. Al ver que no le hacía ni caso, le pegó una patada, haciéndola reaccionar—. Podemos salir.

—Vale —Jenny intentó comportarse como lo hacía con las niñas más pequeñas normalmente, marcando las normas y haciéndose respetar, pero Almudena tenía mucha personalidad, demasiada adrenalina en el cuerpo y la propia Jenifer estaba más en trance de lo que quería admitir—. Vamos a salir. Coge las canicas.

Para cuando lo dijo Almudena ya había guardado en el bolsillo de su peto todas las canicas que había encontrado a su alcance, y le pasaba el escudo de madera. La niña lo cogió con la cara muy seria, se acercó a la puerta del castillo e hizo una seña a la pequeña para que se preparase. Almudena asintió, con los carrillos llenos de pelotillas de cristal y el tirachinas ya cargado. Jenifer respiró hondo y pegó una patada a la puerta, abriéndola de golpe y saliendo del castillo de plástico con el escudo por delante. No tardó en impactar contra él un hámster kamikaze de peluche, que empezó a subir con sus garritas por la madera, dispuesto a saltarle a la cara a la cría. Ella, intentando seguir cubriendo a su compañera que disparaba sin piedad, le golpeó con la espada hasta hacerlo caer del escudo, inconsciente. Jenny se atrevió entonces a mirar más allá, y contuvo un grito. Las tenían rodeadas.

Intentó recordar las palabras de Krampus. Que no tenían que tener miedo, que eran más fuertes, más grandes, más listos y que precisamente por eso los había reclutado, para luchar. Pero aquello era demencial, Jenifer era una niña y los soldaditos de plomo daban más miedo porque tenían todos la misma cara que porque estuvieran cargando los cañones. Un león de peluche rugía tras la infantería, y a lejos vio a un escuadrón de Action Men rodeando a otros críos. A tantos metros no podía distinguirlos, pero estaba razonablemente segura de que debían ser los equipos de Toni y Marcela. Esperó a que Almudena disparase para cogerla de la cintura y avanzar con el escudo por delante, ignorando las quejas de la niña. Los disparos de los cañones, que se sucedían sin parar, impactaban de lleno en el escudo, obligando a Jenny a avanzar más lento de lo que le gustaría. Por suerte la mayoría de hámsters de peluche no tenían tanta habilidad como su compañera y se resbalaban de la madera, momento que aprovechaba Jenifer para pisarlos sin piedad. Consiguió llegar hasta la primera línea, y allí se envalentonó.

—¡Almudena, dispara al león!

La pequeña, poco acostumbrada a las órdenes y mosqueada porque la habían arrastrado sin contemplaciones, le chilló algo, pero como la mayor la ignoraba, barriendo con los pies a los soldaditos de plomo, le hizo caso, y empezó a lanzar canicas a la cara del león de peluche. El león rugió, llamando a los osos, y saltó encima de Almudena. Pero Jenifer ya suponía que iba a hacer algo así, y lo desvió con el escudo, dedicándose luego a apalearlo con la espada rota, movida por la adrenalina. A lo lejos escuchaba las voces de Toni y Marcela, pidiendo refuerzos. A su espalda, Almudena usaba como munición contra los osos a los propios soldaditos, a los cañones y a los peluches que habían quedado inconscientes.

Lina y Miguel a veces comentaban con sus amigos el brusco cambio de actitud que había tenido su hija. Jenifer había pasado de contestar mal a todo lo que le decían a obedecer sin rechistar y cuando les llevaba la contraria lo hacía con tranquilidad y sin alzar la voz. Ya no tenía rabietas, ni se pegaba con nadie en el colegio. Y ya no tenía terrores nocturnos.

Jenny a veces escuchaba hablar a sus padres. Y se sentía orgullosa de haber cambiado. Porque ahora por Navidad le traían regalos, pero también porque sabía que sus padres nunca tendrían ni la más remota idea de que su hija había ayudado a evitar que el mundo fuera dominado por la dictadura de la felpa que pretendían instaurar los conejitos de peluche. Por otro lado, es mucho más fácil no tener miedo por las noches si el Krampus es tu amigo y le puedes pegar una paliza a lo que te asuste.


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