Quizás es la edad, o quizás es el mundo en el que vivimos. Pero si algo hizo bien la visión hegemónica de Estados Unidos en la cultura pop fue dejar claro a golpe de cine bélico que los nazis eran los malos. Obviamente aún quedaban nazis, racistas y demás escoria por las calles en la década de los noventa y principios de los dosmiles (tontos va a haber siempre), pero al menos parecían esconderse como las ratas cobardes que son. O quizás era sólo una apreciación personal relacionada con la edad y el propio privilegio, y quizás la versión de aquellos quienes tenían que pasear de noche con miedo es muy diferente.

El nazismo en los medios pasó de ser un enemigo al que derrotar en la ficción y al que relegar al ostracismo en los noticiarios, prensa y programas de actualidad por el bien de todos, a convertirse, en cuestión de décadas, en un grupo de indeseables en torno al que reunirse en Internet para odiar conjuntamente a inmigrantes, mujeres, homosexuales o cualquier otra minoría, y al que los medios de comunicación han visto lícito ponerle delante un micrófono desde el que propagar ideas de mierda y odio.

Es difícil trazar una línea clara sobre los motivos de esta evolución —o quizás no tan difícil— y el orden de los acontecimientos sobre qué fue la causa y qué la consecuencia, pero el mainstream invirtió los lugares en los que se le daba visibilidad al nazismo y el cómo: de malos convertidos casi en dianas a las que disparar en Indiana Jones en busca del arca perdida (Steven Spielberg – 1981) o Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg – 1989), y retratos más realistas como el de La lista de Schindler (Steven Spielberg – 1993) o el de El pianista (Roman Polanski – 2001) sobre los horrores que provocaron en el mundo, los nazis en el cine pasaron a ocupar producciones más próximas a la serie B, el humor y el gore, como Zombis Nazis (Tommy Wirkola – 2009), La masacre de Town Creek (Joel Schumacher – 2009), Iron Sky (Timo Vuorensola – 2012), Frankenstein’s Army (Richard Raaphorst – 2013) u Overlord (Julius Avery – 2018) en las que los nazis eran representados como parodias de las que uno podía reírse (y que quizás maquillaban el horror de la realidad con el humor de la ficción) y que relegaba su representación en la ficción a productos cada vez más en los márgenes, perdiendo protagonismo en el cine pero a su vez ganándolo en la prensa y los medios de comunicación gracias a aquellos que, irresponsablemente, han decidido que dar alas a según qué discursos que afectan negativamente a la vida de muchos bien vale con tal de generar unos cuantos clics y atraer más audiencia.

Una obviedad aquí: el tipo de ficción o producto cultural y/o de entretenimiento que se consume afecta —al menos en parte— de un modo u otro al individuo a la hora de construir su personalidad, ya sea en lo referente a sus preferencias cinematográficas, video lúdicas, musicales, etc… como a su comportamiento, su ética, aquello que considera bueno, malo, importante o a su percepción misma del mundo que le rodea. Por tanto, la sociedad, como el conjunto de individuos que es, se verá afectada del mismo modo por los productos culturales que consuman de forma masiva los individuos dentro de ella. El mainstream moldeará la sociedad a base de consumo. Esto es un problema en el cual ambos extremos se retroalimentan: el mainstream, aquello que está de moda de manera predominante en la sociedad, suele ser el discurso impuesto por los grandes medios de comunicación al servicio del capital. Y si al mainstream (es decir, al capital) le parece lícito alentar determinados discursos que propagan el odio es porque considera que existe un mercado suficiente que comprará dichos discursos y que por lo tanto promoverlos le resultará rentable (recordemos que la ideología del capital es el dinero y su acumulación, y será sólo por este por lo que se mueva), a su vez, si existe un mercado que el capital considera suficiente como para invertir sus esfuerzos en que el mainstream adapte su discurso a propagar dichos ideas, es porque antes el mainstream ha colaborado para construirlo y/o fomentarlo dentro de la sociedad hasta convertirlo en un objeto de consumo.

Es fácil observar la aplicación de esta metodología en los ejemplos anteriormente expuestos en los que el retrato del nazismo pasa de grandes y galardonadas superproducciones de Hollywood en las que son mostrados, evidentemente, como los villanos de la historia, a aparecer en un contexto no ficcional en medios de comunicación esparciendo ese discurso del odio a través de los cabecillas de estas agrupaciones de ultraderecha, y a su vez, relacionar este hecho —no de manera única, por supuesto— con la reciente expansión de corrientes ideológicas muy cercanas o directamente nazis. 

Las décadas anteriores, en el mainstream, además de las ya mencionadas La lista de Schindler (Steven Spielberg – 1993) o El pianista (Roman Polanski – 2001), el público había podido ver a Charles Chaplin burlarse de Hitler en El gran dictador (Charles Chaplin – 1940), al Capitán América darle un puñetazo en la cara al Führer en Capitan America Comics Vol.1 #1 (Jack Kirby – 1941), y a Superman combatiendo el nazismo en numerosas ocasiones a partir de 1942. Ese mismo año, el pato Donald viviría una pesadilla como empleado de una fábrica de la Alemania nazi en Donald Duck: Der Fuehrer’s Face (Jack Kinney – 1942), corto de animación por el que ganaría un Oscar, y un año después Hitler aparecería retratado como un cerdo antropomorfo en The Last Round Up (Mannie Davis – 1943). No serían ni mucho menos las únicas veces que los dibujos animados intentarían enseñar a los más jóvenes que hay que combatir el fascismo: en Alfred J. Kwak (Hiroshi Saitô, Dennis Livson – 1989), durante cuatro episodios, el villano principal de la serie, Dolf —un cuervo con el aspecto de Adolf Hitler—, funda el Partido Nacional de Cuervos para alcanzar el poder y posteriormente dar un golpe de Estado proclamándose Emperador Dolf I; y Porco Rosso (Hayao Miyazaki – 1992) ilustró a todos con ese famoso “mejor ser un cerdo que un fascista”. Y en España, Reincidentes cantaría contra el fascismo en el 94 con Nazis nunca más, junto a muchos otros como Barricada, Hamlet, Soziedad Alkoholika, Non Servium, Boikot o La Polla Records. Tendencia que continuaría en el cine hasta bien entrados los dosmiles, con American History X (Tony Kaye – 1998), El experimento (Oliver Hirschbiegel – 2001), El libro negro (Paul Verhoeven – 2006), Resistencia (Edward Zwick – 2008), Valkiria (Bryan Singer – 2008), El niño con el pijama de rayas (Mark Herman – 2008),  La ola (Dennis Gansel – 2008), o Malditos Bastardos (Quentin Tarantino – 2009).

Como es obvio, las películas y obras en general que incluyen nazis en sus historias no han desaparecido de la noche a la mañana. Es más, no han desaparecido, pero sí que parecen haber reducido su presencia y su retrato del nazismo o la forma de abordarlo también ha variado. Esto podría achacarse simplemente a un agotamiento de la fórmula o a un cambio en las preferencias de la audiencia a la hora de consumir determinados contenidos (recordemos que este cambio en las preferencias de la audiencia también estaría relacionado con la forma de consumir que dicta el mainstream), pero no deja de ser curiosa esa coincidencia en el tiempo entre la gran cantidad de películas dirigidas al gran público y estrenadas en torno a 2008 que tenían el nazismo como eje principal de sus historias —Resistencia (Edward Zwick – 2008), Valkiria (Bryan Singer – 2008), El niño con el pijama de rayas (Mark Herman – 2008),  La ola (Dennis Gansel – 2008), o Malditos Bastardos (Quentin Tarantino – 2009)—, la desaparición paulatina de estas grandes producciones y del enfoque que se hacía de los nazis hasta la fecha, y la crisis económica de 2008. Pareciera como si el capitalismo, en un escenario de crisis provocado por él mismo, buscase revivir el fascismo a base de buscar enemigos fuera —como al extranjero al que ha explotado para enriquecerse a su costa— con tal de no cargar con la culpa de sus acciones. Y en un sistema insostenible —cuya premisa de producir de manera ilimitada para consumir de manera ilimitada choca de frente con una realidad que tiene recursos limitados—, la dilatación de ese escenario en el tiempo parece hacer necesaria la búsqueda constante, por parte del sistema, de enemigos imaginarios que alejen el foco del verdadero culpable de la situación (el propio sistema), hasta haber alimentado una rueda en la que el monstruo del fascismo parece cada vez más incontrolable. Pero el mainstream, a las órdenes del capital e incapaz de reconocer su error y no dar más carnaza a dicho monstruo, en cambio intenta sacar rédito económico en base a variar su perspectiva sobre el nazismo: menos películas criminalizándolos, retratándolos como los monstruos que son y señalándolos, y más apariciones en medios de comunicación en los que propagan sus ideas a aquellos que, abandonados por el sistema o beneficiados por él, deciden escuchar.

Tal es el lavado de cara que algunos medios se permiten incluso recuperar en 2020 entrevistas a nazis hechas en 1993 en las que son casi justificados y retratados como héroes 1, por no hablar de la cobertura mediática a organizaciones de extrema derecha en prime time 2 3.

No sólo los medios se han dedicado a expandir los mensajes de odio, sino que han desaparecido aquellos contrapesos del mensaje que podía ofrecer la ficción. Y esto es importante porque supone que existan generaciones de jóvenes y adolescentes, aún sin formar, aún sin un pensamiento crítico desarrollado, a los que el mensaje final que les llega es que bajo una falsa libertad de expresión, incorrección política, etc… pueden cuestionar las problemáticas generacionales en torno a la proyección de futuro, falta de perspectivas laborales, pobreza económica, crisis sociales y demás, desde posiciones y argumentos racistas, misóginos u homófobos, que son los que ha decidido venderles el capital con tal de alejar el foco de sí mismo. Pero si algo enseñó American History X a toda una generación es que los nazis son basura y que el odio sólo lleva a más odio, y es problemático haber abandonado este retrato, este contrapeso cada vez más necesario.

American History X cuenta la historia de Derek Vinyard (Edward Norton) y su hermano pequeño, Daniel Vinyard (Edward Furlong). El mayor de los Vinyard, cabecilla de un grupo neonazi, asesina a dos jóvenes afroamericanos después de descubrirlos intentando robarle la camioneta y acaba condenado a tres años de cárcel. Mientras, Daniel Vinyard, el cual idolatra a su hermano y sigue sus pasos, entrega para la clase de Historia de su instituto un ensayo sobre el libro de Adolf Hitler, Mi lucha. El profesor de la asignatura, judío, insiste en expulsar al joven, que ya tenía un largo historial de mal comportamiento a sus espaldas, pero el director del instituto, Bob Sweeney (Avery Brooks), un afroamericano, se niega a dar por perdido al muchacho y desde ese momento comienza a impartirle clases de manera personal mandándole como primera tarea escribir una redacción sobre el encarcelamiento de Derek, que esa misma semana saldrá en libertad.

La película mezcla una narración en la que se intercalan la historia del presente (1998), en el que Derek acaba de salir de la cárcel e intenta dejar atrás toda su vida pasada a la vez que trata de alejar a su hermano de las malas compañías que contaminaron su cabeza con la ideología de extrema derecha que provocó su entrada en la cárcel, y una segunda historia en base a flashbacks sobre la estancia de Derek Vinyard en prisión y los recuerdos de su hermano sobre él y sobre cómo fue adentrándose cada vez más en el grupo neonazi hasta acabar encerrado por asesinato.

Este tipo de narración fragmentada comprime y estira el tiempo fílmico principalmente en un solo día —desde que Danny entrega su ensayo sobre Mi lucha y es castigado, hasta la mañana siguiente en la que tiene que entregar un trabajo sobre su hermano al doctor Sweeney—, y los tres años anteriores, desde que Derek asesina a dos personas y entra en la cárcel, hasta el día de su salida, que coincide temporalmente con el día presente que se narra en la película en el que Danny tiene que escribir y entregar su trabajo sobre Historia Americana X.

A estos pasajes correspondientes a la memoria se suman unos pocos más, anteriores a esos tres años que pasa Derek en prisión, que complementan el relato de los dos protagonistas y que aportan mayor significado por lo que suponen.

Esta separación entre pasado y presente, realidad y memoria, ocurre también de manera estética. En apariencia, el momento, la actualidad, el día que transcurre desde la salida en libertad de Derek y el castigo de Danny y hasta la mañana siguiente, es a color. Mientras que los fragmentos que se corresponden con la memoria —los flashback— ocurren con la pantalla en blanco y negro. 

Además de las decisiones estéticas sobre el color que afectan a la narración, existe también un juego con la cronología y el orden en que son contados los acontecimientos. Así, lo primero que se muestra en la película es un recuerdo en blanco y negro, pero no el más antiguo de todos los que aparecen en la historia, sino el que pertenece a la noche de los asesinatos cometidos por Derek y por los que fue juzgado y encarcelado. Y es interesante pararse en este momento inicial por el retrato que hace del mayor de los Vinyard, idolatrado por su hermano adolescente: Mientras Derek mantiene relaciones sexuales con su pareja en el cuarto de al lado, Danny escucha ruidos fuera y al asomarse a la ventana ve al grupo de ladrones que intenta abrir la furgoneta de la familia. Corre a avisar al primero, que saca un arma de un cajón y sale de la casa medio desnudo y disparando. En este recuerdo inicial de Daniel sólo aparece en pantalla el primer asesinato. Derek, desde la perspectiva adolescente de su hermano, es contemplado casi como un héroe: estaba con su novia, ha defendido el hogar del intento de robo de unos asaltantes y anda con paso firme e imponente hacia la cámara, con su figura musculosa recortada en la noche entre el blanco y negro y gesto serio, casi como un vikingo. La idolatría de Danny por su hermano es algo que se repite a lo largo de toda la película mencionado de forma explícita por otros personajes.

Sin embargo, aunque sea el primer recuerdo en la película —y lo primero que se muestra en pantalla—, no es el primer recuerdo de Danny sobre su hermano. En orden cronológico, antes de este se sitúan otros, como Derek dando discursos nazis antes de asaltar con veinte personas más un supermercado en el que trabajan inmigrantes. Una pelea familiar por culpa de las ideas de extrema derecha de Derek en la que hace daño a su hermana. O su recuerdo más antiguo —en la película—, durante una comida en la que un Derek todavía alejado de las ideas neonazis comenta entusiasmado a su padre que el doctor Sweeney les ha mandado leer en clase Hijo nativo (Richard Wright – 1940) y este responde que “es mentira de negros”.

Hay dos puntos importantes que extraer de esto: en primer lugar, de dónde proviene la semilla que más tarde germinaría en el acercamiento de Derek y Daniel a la extrema derecha, su padre. Antes de cualquier excusa posible con la que pudieran justificar su ideología como una reacción al comportamiento de la comunidad negra, existen unas ideas reaccionarias previas sembradas por su padre en las que los negros mienten, no somos iguales, y hay un movimiento negro con intereses ocultos que busca favorecer a la comunidad afroamericana. Lo que a los ojos del espectador es evidente, para Daniel Vinyard requiere de un ejercicio de introspección honesto que lo lleva hasta ese recuerdo de su padre haciendo comentarios racistas durante la comida. Su odio no es algo fruto de la muerte de su padre, sino anterior. El segundo punto importante es la presencia del odio.

Todos sus recuerdos están marcados e impregnados por el odio, ese es el patrón común en su memoria. Y ese ejercicio de honestidad consigo mismo es el que lleva a Danny desde esa primera imagen en la que su hermano aparece como un héroe en su cabeza tras evitar el robo en su casa, o tras conseguir que un grupo de afroamericanos abandonen las canchas después de apostar con ellos que les ganarían en un partido de baloncesto; hasta mostrar la escena completa de la fatídica noche —en la que Derek asesina a un hombre a sangre fría y el propio Danny reconoce que si hubiese testificado la condena habría sido cadena perpetua— o los recuerdos sobre su padre. 

La pregunta del doctor Sweeney a Derek en su primera visita a la cárcel cuestiona no sólo al propio Derek sino a todas las ideas de quienes sostienen el racismo: “¿Algo de lo que has hecho ha mejorado tu vida?”. Algo a lo que alguien que haga el mismo ejercicio que Danny difícilmente podrá responder de forma positiva, porque el odio sólo genera odio, ira, es algo horrible con lo que vivir, desagradable de arrastrar con uno mismo. El odio te come vivo y te hace vivir para él impidiendo ver lo bueno, dejas de ver a la gente, sólo ves una masa, un grupo al que dirigir tu rabia. Una rabia que seguramente ya estaba ahí de antes y de la que no tiene culpa la gente contra la que has decidido ir.

Después de observar y asumir la presencia del odio como el núcleo temático en los recuerdos presentes en American History X, las decisiones estéticas de la película como la separación de las escenas del pasado y el presente en imágenes en blanco y negro e imágenes a color cobra un nuevo significado: no es la memoria la que es en blanco y negro, sino el odio.

En American History X hay un recuerdo aún más antiguo que las escenas de la familia Vinyard, un recuerdo de años atrás en la misma playa en la que empieza la película y que remata esa idea acerca de la memoria, el odio y el color de dichas imágenes. Un recuerdo de Derek, de niño, jugando con su hermano Danny en la orilla, felices, a color. Sólo después de su paso por la cárcel y de dejar atrás las ideas de extrema derecha y el racismo es cuando los recuerdos de Derek vuelven a ser a color, sin odio. 

Las imágenes cálidas que regresan a la memoria de Derek Vinyard encuentran el mismo reflejo en Danny, que tras el relato de la figura a la que quiere e idolatra, experimenta la misma evolución y abandona el camino del odio que había seguido tras él hasta esa noche. La voz en off de Daniel Vinyard da gracias al doctor Sweeney por haberle mandado escribir el trabajo sobre su hermano para la clase de Historia Americana X y, como una metáfora de la luz que vuelve a brillar tras la oscuridad que había traído el odio a su vida, piensa: “Son las 5:40 y dentro de un minuto voy a ver cómo sale el sol. Creo que no lo he hecho nunca”.

El odio es un lastre. La vida es demasiado corta para estar siempre cabreado. No merece la pena.


Referencias

1 Israel Viana. “La insólita entrevista en 1993 al piloto nazi más letal de la IIGM: «Hitler me dijo que Dios le había perdonado»”. www.abc.es. Dic, 2020.
2 Equipo de Investigación. «Los cachorros ultra». La Sexta. Nov, 2021.
3 Nacho Molina Madrid. «Isabel Peralta defiende su discurso antisemita: «No es constitutivo de odio. Y si lo es, no me importa»». www.lavanguardia.com. Nov, 2021.


Bibliografía

Antonio Mautor. «Activismo Sonoro: 10 canciones de rock estatal antifascista«. Oct, 2018.


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