Mi cuarto no es especialmente bonito. No es de revista de decoración; nadie lo va a ver y va a sentirse epatado. Los muebles son viejos (no necesariamente feos, que también) porque es una casa alquilada y, aunque no lo fuese, tampoco habría dinero para cambiarlos. No se pueden hacer agujeros en la pared, así que los posters los pego con chicle de ese que luego deja marca, y es casi peor que un agujero. La tele está sobre una cómoda y me tapa la mitad de un espejo más viejo que mi reflejo. Acostumbro a tener aficiones que abultan, así que el espacio libre ha acabado por reducirse hasta el mínimo: en el poco hueco que deja la cama doble, las dos mesitas, la cómoda y el escritorio (suerte que el armario es empotrado) pongo como puedo mis espadas de esgrima, las dos guitarras, los libros que algún año leeré, los cuarentas cacharros electrónicos, el Paracetamol… Y lo que vaya surgiendo. El truco también está en poner las maletas y objetos pa usar na más que de vez en cuando debajo de la cama, donde reinan el polvo y la penumbra; donde no hace falta barrer, porque le arrebataría su esencia.

Mi cuarto no es especialmente bonito, pero a mí me es muy agradable. No es la envidia de nadie, pero es mío, y acogedor para quienes quiero que lo sea. Un lugar seguro. Se ha ido moldeando con el tiempo; diría que cambiando a medida que cambiaba yo. Empezó sobrio, casi desnudo, y ha ido madurando: en 2017 llegaron espadas, en 2019 la guitarra, en 2020 colgué un lámina de un cernícalo a la que tengo especial cariño. Me he ido preocupando de que haya cierta armonía, dentro de los límites que tengo. Antes tenía una mesita de noche para mí y otra que no sabía qué hacer con ella; ahora tengo una mesita de noche para mí, y otra para exponer mis tesoros. Hay un cuadro de nosotros con el estilo de Ponyo y una servilleta de un picnic muy especial. La ropa que atesta el armario es muy distinta ahora respecto a hace cinco años: predominan los colores terrosos, las camisas apagadas y las camisetas básicas. Las camisas frikis han quedado relegadas a un discreto segundo plano, y hace años que la camiseta con la portada impresa de Ziggy Stardust no sale a la calle. El póster más grande de mi habitación era antes el de Pulp Fiction, el clásico, el que tiene todo el mundo; pero cuando me di cuenta de que ser un cinéfilo era cuestionable decidí que ese mérito debía ocuparlo un póster con las rapaces de la península Ibérica. Sustituir a Tarantino por el águila imperial fue una sabia decisión.

No obstante, tengo muchas reticencias a pensar que somos lo que tenemos. Nuestros objetos no nos definen por completo; somos más que los trastos que acumulamos. La mayoría de las veces no tenemos lo que queremos, sino lo que podemos tener, o lo que nos ha tocado tener. El mundo no es como Animal Crossing. Yo llegué a un piso a medio montar, con unos límites, y a esas contingencias me amoldé. Yo no puedo cambiar los muebles, ni puedo comprarme toda la ropa que querría. De hecho, quizá no debería comprar más ropa, ni cambiar los muebles, ni preocuparme en exceso por las cosas inanimadas que me rodean o visten. Hacer una radiografía de mi persona por lo que acumulo o cómo visto es un ejercicio fútil y banal, como lo es psicoanalizarme en función de lo que sueño, leo o consumo. Mi habitación es donde vivo; no soy yo. Pero, paradójicamente, a su vez sí que es cierto que lo que tenemos habla por nosotros. El caos temático que antes os he expuesto para hablar de mi habitación tiene algo de mí, que llevo años picoteando entre aficiones y no pienso dejar de hacerlo. Por eso encuentras espadas, instrumentos musicales, videojuegos, libros, pósters de películas, ropa variada, cuadernos y pegatinas… Una mirada amiga podría reconocer en esa habitación algo de mí y de mi relación con ella a lo largo de los años. Me corresponde, de alguna forma.

Unpacking es la obra que mejor ha conseguido representar hasta la fecha la relación entre la persona y el hogar. El proceso de cambio de la protagonista, inevitable con el paso del tiempo, queda reflejado en sus pertenencias y cómo las ordenamos dentro de unos límites muy concretos. Dicho de otra forma, nosotros y nuestros cambios quedan reflejados en las decisiones que tomamos en el pequeño margen de acción que nos imponen las contingencias del entorno. Habla por nosotros lo que decidimos mantener y tirar; lo que priorizamos, y dejamos en la mesita de noche; y de lo que postergamos, y metemos debajo de la cama. Habla de nosotros el cómo convivimos con los demás, de cómo acaparamos el espacio o cómo lo cedemos y compartimos. Unpacking nos habla a través del entorno y los objetos, sin ninguna otra referencia textual: ni diálogos, ni cinemáticas, ni voces en off

Ordenar en Unpacking es ordenarnos a nosotros

La historia son las circunstancias y nuestro encaje en ellas. Unpacking narra a través de ese certificado académico que tenemos que dejar en un cajón porque no nos ceden el espacio suficiente para ponerlo; de la liberación física que nos queda tras irnos a vivir solos; del cerdito de peluche que mantenemos desde la niñez hasta la adultez. El cuarto de un adolescente tiene características distintas a las de un universitario, y las de una mujer adulta distintas de las de ambos, porque las necesidades y aspiraciones son totalmente distintas. Ordenar en Unpacking es ordenarnos a nosotros; abrir cajas de mudanza es recitar frases que acabarán componiendo historias.

Unpacking nos habla de una vida mundana y le dota de trascendencia, que no epicidad. Todas las vidas merecen ser vividas, pero no porque sean aventuras, ni excentricidades; simplemente porque son vidas, fragmentos de tiempo que encajan en un contexto y un lugar. El juego de Witch Beam es la mejor representación de que las personas se forjan tras su relación con el contexto y evolucionan tras conocer sus límites. En Unpacking el espacio físico representa el contexto y sus límites en los que buenamente tenemos que vivir. Y, con todo esto, es uno de los mejores ejercicios de narrativa ambiental que existen.


Espada y Pluma te necesita

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