Por alguna razón, las películas duras, frías y tristes tienen más predicamento que el resto. Es raro ver una comedia o una película de carácter alegre triunfar en las entregas de premios, y parece que se nos resiste un poco más de la cuenta catalogarlas de obras maestras. Las razones las desconozco; quizá nos sea más fácil considerar como excelente un drama por sus marchamos amargos sobre la vida que una película que hable de la inocencia de la niñez. Mi Vecino Totoro (Miyazaki, 1989) es de las pocas obras que hablan de la alegría, la inocencia, la pureza y la risa y que lleva muchos años siendo considerada una de las obras cumbre de la animación japonesa. Y hay que decir que por méritos propios.

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Mi Vecino Totoro es una película que pudiera parecer despreocupada, aparentemente sin más trascendencia que la representación de la ensoñaciones de unas niñas; pero eso es sólo la superficie. La obra de Miyazaki es una auténtica oda a la infancia, a su pureza y a su esencia, que no es otra cosa que la de tener acceso a cuestiones que necesariamente abandonas cuando eres adulto. En la película, solo las niñas pueden ver a los duendes del polvo, a Totoro y al gatobús; sólo ellas pueden acceder a esos lugares a los que únicamente la imaginación ilimitada de un niño puede. La anciana cuenta a las niñas que también pudo ver a los duendes del polvo cuando era pequeña, pero el paso a la adultez le hizo perder esa capacidad. Porque el paso de ser niño a ser adulto altera tu constitución interna, tus mimbres se entrelazan de otra forma y tu visión del mundo es radicalmente distinta; más pragmática, menos soñadora. Con esta perspectiva, Mi Vecino Totoro es una película en la que la sonrisa es constante, porque es fácil recuperar la visión del niño mientras dura. En buena medida, porque la película los trata sin paternalismo ni condescendencia; los representa con su profunda alegoría, desentrañando las verdades más características de la época que les pertenece.

Mi Vecino Totoro es una película con una historia banal: tiene lugar en unos pocos días y no ocurren grandes acontecimientos más allá de unas visitas al bosque o al hospital. Pero ese carácter naif de la película no hace sino subrayar cómo la visión de los niños eleva a la categoría de aventura y sueño cada día que pasa; cómo el niño se sobrepone a la realidad y se traslada a su realidad. Lo importante de Mi Vecino Totoro no es su historia, su texto, la sucesión lineal de acontecimientos sino su subtexto, dónde resuena y la fuerza con la que lo hace: una auténtica celebración de la infancia y de la vida.

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La película se sitúa de manera poco casual en un pueblo campesino del Japón de finales de los 50, cuando las grandes ciudades y el conocimiento moderno ya empezaban a rugir con fuerza y el saber sintoísta y ancestral (la magia) quedaban relegados a estas zonas rurales donde, como nos cuenta la película, todo puede ocurrir. Un río de aguas cristalinas y suaves meandros, un alcanforero milenario en el corazón del bosque, el desván de una casa de madera vieja que se cae por el peso de los años… De esos lugares brota la magia, en esos enclaves alejados de una civilización más cortoplacista, masificada e intrascendente. Los campesinos y ancianos que aparecen en la película, siempre dispuestos a ayudar sin pedir nada a cambio, no sabemos si responden a una idealización de Miyazaki o a un golpe en la mesa del autor para mostrarnos cómo deberían ser las cosas, y no cómo son. Una vida más sencilla, pero también más alegre y despreocupada.

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Estamos hablando de una de las primeras películas del Estudio Ghibli, pero ya vemos cómo el nivel en la animación y la composición de los dibujos es de primera división y cómo los cimientos de la línea estética que ha llegado hasta nuestros días estaban ya asentados. Es una película muy cinética, donde las expresiones de los personajes son palpables y su fisicidad nos golpea y nos hace implicarnos emocionalmente. A la cinética y emoción de la película se le añaden enteros con una capa fundamental: la magistral banda sonora de Joe Hisaishi, que eleva los sentimientos de los personajes y les dota de una entidad casi física.

Mi Vecino Totoro está de aniversario: cumple 30 años y, por ello, está volviendo a muchos cines. Es una experiencia disfrutable en cualquier formato, pero la oportunidad de verla en el cine probablemente se va a repetir pocas veces. Es una obra para descubrir y redescubrir.

 


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FICHA JORGEGMACIA


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