Aviso: no destripo la trama, pero sí que uso fotogramas de la película que son importantes para la película, por lo que si no la has visto, cuidado con leer este texto antes. ¡Corre a verla! Está en Filmin y Prime Video, recuerda que en ambos tienes una prueba gratis de un mes.

Fotograma de la película Digimon Adventure: Last Evolution Kizuna

Acabo de terminar la película y siendo sinceros, no sé qué decir. Podría decir que hay muchas cosas, pero lo cierto es que las que pegan fuerte son las justas y necesarias. No creo recordar una serie que crezca con el espectador. Quiero decir, se pueden ver regresos de antiguos actores o personajes que interpretaron un papel y que hacen un especial, o incluso se puede ver una serie antigua actualizada con el contexto que le pertoque. No obstante, el caso de Digimon Adventure ha sido muy diferente: ha crecido con el espectador. En el Digimon inicial iban a primaria, en Digimon 02 iban a secundaria, en Digimon Tri iban a bachillerato o preparatoria y en Digimon Last Evolution Kizuna van a la Universidad. Por razones poco razonables pero muy emocionales, además, da la casualidad de que yo empecé a ver la serie a la edad de los personajes e incluso hasta este punto, con su última película, estoy en sintonía con la madurez, la edad y las preocupaciones de los mismos personajes. De alguna forma, la película es la construcción de un universo cinematográfico que no ha costado un par de años, sino que ha costado una vida entera.

De este modo, la película está planteada para aquellos que crecieron con la serie original. Aún más, cabe destacar, se puede decir que en castellano mantiene el doblaje original —incluso del narrador, cosa que no me esperaba—y eso pega una patada fortísima a cualquier aspecto que no acabe de encajar de forma coherente en el relato. La imagen, por ejemplo, es algo que se olvida fácil; estamos acostumbrados a consumir imágenes de forma continua y tenemos una educación visual que nos permite acumular en la superficie de nuestra memoria una cantidad muy grande de imágenes. Esto, sin embargo, no pasa con el olor o el gusto, ya que no somos continuamente conscientes de aquello que olemos, degustamos o incluso oímos. De forma que cuando olemos algo significativo, por ejemplo, que hacía mucho tiempo que no olíamos, se nos viene una cantidad ingente de recuerdos a los que no estábamos acostumbrados. Con el sonido sucede igual.

Uno de los puntos fuertes de la película es el sonido, pero no solamente el musical, sino también las voces. Es importante, para la reconstrucción de un recuerdo, juntar no solamente aquella parte consciente de nosotros que memoriza una sintonía, sino que además debe incluir un vector que no esperáramos, un sonido o escala que no hubiésemos normalizado tanto. En este sentido —creo que repito mucho en este sentido– la película comienza con el bolero de Ravel, aspecto ciertamente nostálgico, pero que está normalizado porque es una pieza musical que has descontextualizado —o ampliado su contexto— de la serie original de Digimon. No obstante, las voces eran algo a lo que ya le había perdido la costumbre y, como un olor, su escucha ha supuesto la inmediata recuperación de sensaciones que ya tenía olvidadas. Todas las voces, los sonidos y los ruidos parecen estar compuestos para recuperar partes perdidas de momentos olvidados.

Por otra parte, el plato fuerte es el dibujo-animación que es espectacular. Si bien es cierto que me conformo con poco, el apartado visual es espléndido, sobre todo si se habla de las peleas. Me habría gustado ver alguna animación más de las evoluciones, pero entiendo que por tiempo no puedan alargarse de forma más contemplativa. Me han gustado los diseños de los personajes —ahora voy con ellos— y los diseños de los Digimon, sobre todo Eosmon.

Eosmon

Bien, plato frío y bueno al mismo tiempo: yo recuerdo que la serie era relativamente equilibrada a la hora de dar espacio a los personajes. Como ya comenté en otro artículo, las niñas elegidas quedaban relegadas a un papel de cuidado de los niños con la intención de marcar los patrones de socialización de género. No obstante, esta película trata de forma casi exclusiva de Tai y Matt. Agradezco mucho que mantengan los nombres romanizados, pues ya estaba un poco nervioso con la serie de 2020, pero lo cierto es que no se desarrolla casi ningún personaje más allá de un pequeño resumen de sus vidas. Sora aparece dos segundos y sin hacer nada; Mimi es una influyente emprendedora online; Izzi es ¿jefe de una empresa?; Joe está haciendo prácticas de medicina; TK y Kari siguen con lo suyo. Por lo tanto, la película no trabaja con las problemáticas del crecimiento y madurez de los niños elegidos, sino que trabaja con Matt y Tai. Si uno de los dos era tu favorito, bien; sino, pues no es una buena película.

Yendo a Matt y Tai, me han gustado mucho porque estoy en una situación similar en la que he acabado todos los estudios, tengo su misma edad y no me puedo permitir un apartamento tan grande como el de Tai, pero igualmente está la problemática de la adultez. Me ha gustado cómo han trabajado ese abandono de los placeres y el inevitable sometimiento al capitalismo feroz de la responsabilidad, aunque igualmente no parecen tener muchos problemas económicos para ser estudiantes de universidad. La relación que mantienen también ha ido adecuándose a la edad y, en cierto modo, también presenta esa estructura de amistad endogámica que se crea cuando eres pequeño con ciertas personas que acompañan tu vida.

El conflicto está muy bien construido porque, en parte, es el único que podría haber. La película gira en torno al crecer, por lo que la conquista de la tierra, el exterminio de los Digimon o el control del mundo digital serían absurdos. En este caso, la villana comete algo muy simple: una tentativa a no crecer.

Sobre todo cuando todo iba bien y deja de irlo a medida que adquieres responsabilidades que pueden corresponderte o no, la idea de congelarse en el recuerdo aparece como una forma de escapismo de la realidad. Crecer no es solamente ser adulto y adquirir responsabilidades, sino que también te empiece a doler la espalda de repente, tengas que drogarte para dormir y drogarte para despertar, no puedas comer cierta cantidad de comida porque entonces acabas en urgencias… Es darte cuenta de que ya no hay amigos que conoces en aventuras o en historias, sino que son personas que trabajan en el mismo lugar que tú, estudian lo mismo que tu o, simplemente, tienen el mismo poder adquisitivo que tú. A esto hay que sumarle, por supuesto, que el hándicap de tener un Digimon es que desaparece cuando creces, por lo que no es que ya no puedes hacer nuevos amigos, sino que los que tenías en el pasado se van de tu lado. La villana de la película intenta evitar esto.

Fotograma de la película Digimon Adventure: Last Evolution Kizuna

En cierto modo me pasé 15 minutos gritándole a la pantalla que a mi me llevara, que sí, que hay que crecer y lo que quieras porque nosequé del destino, pero lo cierto es que me encantaría caer en ese olvido. No es algo nuevo ni innovador. Si nos pusiéramos a investigar veríamos que esta figura de la persona que ofrece congelarse en el recuerdo de un pasado mejor ya está en la Odisea con la figura de los lotófagos, la flor del olvido, que al comerla olvidas tus preocupaciones y solo sientes el placer de aquello que has vivido. Incluso en los discursos fúnebres de Pericles allá por el siglo Quinto o así, ya se hablaba de la laudatio tempori acti, la alabanza de un tiempo pasado que fue mejor.  Sin embargo, este no es un caso como aquellos, pues los lotófagos o Pericles le hablan al mundo, pero Digimon te está hablando a ti, que has crecido con él, y te ofrece el recuerdo del tiempo que fue mejor. El problema universal pasa a formar parte de una preocupación personal. Creo que esto ha quedado muy farragoso, pero bueno, eso, que la villana de la película tiene razón. La prueba de ello es el Libro del Desasosiego de nuestro amado y alabado señor Fernando Pessoa, que consiste, básicamente, en el desasosiego que produce no poder volver a una infancia que fue mejor.

El mensaje inicial me parece bastante problemático y neoliberal, pues la propuesta de la responsabilidad como algo a alcanzar —que no madurez— no deja de formar parte del constructo de negocio productivo en el que se debe avanzar para mejorar. No obstante, el mensaje final ya trabaja la resignación del imparable paso del tiempo y, en ese momento sí, la adquisición de la madurez necesaria como para gestionar el conflicto de la pérdida. Ciertamente, el trabajo madurativo que realiza la película me ha parecido interesante, aunque considero que si no se tratara de Digimon creo —CREO— podría darle con un poco más de caña. No es, como he leído en algunas partes, una película sobre el crecimiento como si fuese una novela de bildungsroman*, sino que los personajes ya están crecidos y ahora deben enfrentarse al resultado de su crecimiento: es una película que trabaja con el duelo. Es agridulce, como todo.

La despedida ha sido muy bonita. Y triste. Sobre todo triste, porque como he comentado al principio, estamos muy acostumbrados a la imagen, e incluso a los sonidos. No obstante, cuando oímos algo inesperado, cuando olemos o tastamos algo que no recordábamos haber probado, se despierta una melancolía que hace sentarte ante el espejo de tu pasado. Vuelan las sensaciones y se atraviesan entre ellas de forma sorprendentemente precisa. Y se recuerda. Y recuerdo. Y si bien es cierto que el mensaje de Digimon es que no puede vivirse en el recuerdo porque no es real, la verdad es que no me importaría construir un espacio para volver de vez en cuando, un jardín pequeñito en el que poder jugar de vez en cuando o algún lugar en el que mantener a eso que tanta gente ha llamado el niño interior.

Fotograma de la película Digimon Adventure: Last Evolution Kizuna

*La novela bildungsroman es la novela de crecimiento nacida en el romanticismo que se puso muy de moda durante el siglo XIX. Todos los libros de Charles Dickens, Mujercitas, Tom Sawyer, Jane Eyre…


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