Normalmente, cuando uno piensa en Jurassic Park y sus secuelas piensa en Sam Neil, Laura Dern o Jeff Goldblum siendo perseguidos por un T-Rex a través de la espesura de la selva. Efectivamente, Jurassic Park es eso: una magnífica realización de Steven Spielberg que consigue trasladar el relato de aventuras al lenguaje cinematográfico explotando todos y cada uno de los elementos que hacen grande a una película de estas características. No obstante, parte del interés de Jurassic Park también llega por la cuestión ético-científica. Creo que no tanto por la ingeniosa pero equivocada forma que encontraron los guionistas de resucitar dinosaurios (a partir del ADN de sangre succionada por un mosquito de sus épocas) ni por los detalles de su reconstrucción, sino por el debate sobre los límites de la moral en la ciencia y los códigos éticos de la comunidad científica.

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Empezando por el principio, el Parque Jurásico es la idea de John Hammond, el fundador de InGen, una empresa biotecnológica que, tras aparentes años de investigación en la sombra, logra resucitar a estos extintos reptiles a partir de un ADN incompleto que acaban de rellenar con el de otros organismos (ingeniosa forma de justificar todas las licencias que se tomaron a la hora de traer a los dinosaurios a la pantalla). Con decenas de especies distintas, crea un parque temático en una isla cerca de Costa Rica donde la gente podrá ver a los especímenes como si de un zoológico se tratase. Presionado por los inversores a realizar una auditoría para garantizar que el parque sea viable antes de abrirse al público, John Hammond llama a un grupo de científicos (dos paleontólogos y un matemático) para que den el visto bueno. No obstante, antes siquiera de que se desmadrase el parque y se diese lugar a las archiconocidas escenas del Tyrannosaurus destrozando la valla o los raptores cazando en grupo, se produce una fuerte discrepancia entre el gestor del parque y los científicos. Aunque es algo que subyace a toda la película, el debate puede resumirse en la escena de la comida:


“Nuestros científicos han conseguido lo que no se ha conseguido hasta ahora.”

“Sí, pero a ellos les preocupaba tanto si podían o no hacerlo que no se pararon a pensar si debían […] Lo que usted llama descubrimiento es una violación del mundo natural”.


El debate que se plantea en la película, aunque se haga de manera somera, es acertado y de naturaleza profunda; se contraponen dos visiones, la comercial y fascinante con la de la ética científica. En la cultura humana existe desde hace siglos la creencia de que la naturaleza está supeditada a la humanidad, que los humanos controlamos la naturaleza y podemos hacer con ella lo que nos plazca. Deriva, en primer lugar, de una concepción de lo natural como regalo de Dios a los humanos, que han de respetar por ser creación divina, pero sin seguir ningún patrón racional ni concreto. En segundo lugar, la exponencial evolución científico-tecnológica a partir de la modernidad (especialmente tras la implantación del capitalismo y las revoluciones industriales) ha llevado a una explotación descontrolada de los recursos naturales bajo el amparo de una ideología por la que el ser humano es dueño y señor de la tierra, los mares y los seres vivos, sin comprensión alguna de los límites que estos tienen para su buen funcionamiento y la regeneración de los recursos. Esto lleva también a que las empresas hayan relegado la cuestión de la ética científica a un segundo plano, ya que la cuestión económica es de mayor importancia de manera inmediata.

Yendo a lo concreto que propone Jurassic Park, ¿es moral traer a la vida a unos animales extintos hace más de 60 millones de años a un mundo que no les corresponde y cuyo impacto en él desconocemos totalmente? Nadie negará la fascinación que produciría el hecho de ver un dinosaurio vivo, pero ¿debemos olvidar lo que debemos hacer para centrarnos en qué podemos hacer? ¿Cómo podemos saber qué consecuencias acarreará la modificación genética de organismos y el redirigir los cauces de la evolución por medio de una selección artificial llevada a la hipérbole? ¿Merece la pena el beneficio económico a sabiendas de que no somos capaces de controlar el caos generado por nuestras acciones? El problema es que, bueno, a quien recibirá ese beneficio sí le merece la pena en un ejercicio de puro egoísmo, ya que opera desde una burbuja donde el exterior es fuente de beneficios y donde la moral no es de necesaria aplicación.

 

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Aunque el Parque Jurásico se trate de un caso fantástico y de apariencia exagerada, lo cierto es que casos donde se enfrentan lo comercial y la ética científica se producen a diario. No hablo de enfrentamientos entre investigación científica y religión, que es de otra naturaleza, sino entre lo económico y lo científico. Bien sea para adquirir beneficio económico o posición dentro de una institución o comunidad científica, contamos con sonados casos de ruptura de la ética científica en investigación. Dos de los más sonados son los de Haeckel y Schön. Haeckel en la década de 1860 falsificó unos dibujos de embriones de animales que estaba estudiando para que se parecieran más entre sí y así se apoyase su teoría evolutiva. El físico alemán Schön, en 2001, publicó unos descubrimientos en Nature a partir de los que afirmaba que podría producir una alternativa a escala molecular para el transistor, por los que recibió premios y reconocimiento mundial; más tarde la comunidad científica se daría cuenta de que había falseado sus datos y los experimentos no se podían replicar (una de las máximas de la investigación científica).

No obstante, a nivel más cotidiano también encontramos rupturas claras de la ética científica: autorías de artículos de investigación que incluyen a investigadores que prácticamente no han participado, sesgos en ciertos científicos que son financiados por una determinada entidad, medicamentos que se venden a un precio desorbitado a pesar de ser producidos por mucho menos… El problema, como vemos, no es la ciencia, sino un aparato económico y mediático que se sitúa por encima de estos científicos que, en tanto que humanos que son, cometen el error de concebir la investigación y su aparato de funcionamiento no como un medio genuino para el descubrimiento sino como un método de engrandecimiento personal y/o económico.

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InGen y John Hammond plantean el Parque Jurásico como un enorme parque temático donde la gente se fascinará ante su creación y llenará las arcas de la compañía. Puede que este parque implique descubrimientos interesantes de manera tangencial, pero ¿a qué precio? Tampoco hace falta irse a un parque de dinosaurios para entrever esta problemática: muchos de los zoológicos existen con el único propósito de generar beneficio económico. Aunque es cierto que ciertas investigaciones y planes de restauración sólo pueden ocurrir con este tipo de actuaciones ex situ, en muchos casos no son más que meras excusas que tapan la extracción de animales salvajes de su hábitat natural en condiciones más que dudosas y que son tratados posteriormente en muchos casos de manera muy deficiente, con la única motivación de ser un escaparate de naturaleza artificial con el que la gente se divierte y deja unos euros de manera despreocupada. Por tanto, aunque el Parque Jurásico sea una cuestión inconcebible y la película sea ciencia ficción, lo cierto es que las motivaciones humanas que hay detrás de su construcción no son, ni mucho menos, fantásticas; Jurassic Park es un ejemplo perfecto de cómo lo fantástico pueden entrañar verdades profundas sobre la naturaleza humana.

En la segunda película, El Mundo Perdido, John Hammond revela que existe otra isla con dinosaurios, e insiste que esta vez saldrá bien, que no se cometerán los errores de la primera aventura. Obviamente, no ocurre así, y todo se vuelve a salir del plan trazado. Porque el ser humano es incapaz de olvidar las aspiraciones personales y ambiciones económicas y toma el camino más corto para alcanzarlas sin tener en cuenta a su periferia; sea dinosaurios mediante o en la sencilla publicación de un paper. Jurassic Park resume a la perfección, sin olvidar el tono aventurero y el ritmo acelerado, la disyuntiva a la que se enfrentará siempre el ser humano: tratar de ser dioses amorales o asumir que pertenecemos a un plano distinto, no menos digno, pero sí donde solo somos piezas de un enorme puzle.

 


SOBRE EL AUTOR

FICHA JORGEGMACIA


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